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HOY 0:29 La Palabra del Domingo
Los que menos necesitan
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista
  • Los que menos necesitan

    Rufino Giménez Fines

En este vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario, corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo, Capítulo 22, versículos del 15 al 21. “Se pusieron entonces los fariseos a estudiar la manera de acusar a Jesús por algo que dijera. 16 Así que le enviaron algunos de sus propios seguidores, junto con otros que pertenecían al partido de Herodes, para que le dijeran: — Maestro, sabemos que tú eres sincero y que enseñas con toda verdad a vivir como Dios quiere; no te preocupa el qué dirán, ni juzgas a la gente por las apariencias. 17 Danos, pues, tu opinión: ¿Estamos o no obligados a pagar tributo al emperador romano? 18 Jesús, advirtiendo su mala intención, les contestó: — ¿Por qué me ponen trampas, hipócritas? 19 Enséñenme la moneda con que se paga el tributo. Ellos le presentaron un Denario, 20 y Jesús preguntó: — ¿De quién es esta efigie y esta inscripción? 21 Le contestaron: — Del César. Entonces les dijo Jesús: — Pues den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. 
El cristiano responde a Dios y también a las autoridades constituidas. Trabaja por el Reino de Dios y por una sociedad concreta. Sin embargo, esta doble relación puede generarnos conflictos, y no siempre es fácil encontrarles solución si no tenemos una doctrina como referencia.
¿Cómo seguir a Dios y, al mismo tiempo, convivir con las decisiones del Estado, sus políticas, nuestros derechos y nuestras obligaciones? En ese sentido, Jesús nos dice: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».
Jesús siempre anunció el Reino de Dios, no como un poder ejercido sobre los hombres, sino como un servicio brindado desde el amor. No desarrolló una teoría sobre el poder del Imperio romano, pero sus palabras y sus acciones dejaron en claro que la autoridad no puede estar por encima de la dignidad humana. Hoy, con el diario del lunes, podemos comprender que su mensaje iba mucho más allá de cualquier poder terrenal, necesariamente temporal y finito.
Dios y su Reino no se alojan en los bolsillos, sino que habitan en la mente y el corazón de su pueblo. Por eso, el amor a Dios y al prójimo ocupa el primer lugar entre los valores cristianos que se transmiten de generación en generación.
En las palabras de hoy podemos reconocer que a Jesús le interesa la liberación integral de las personas, una liberación que va más allá de las circunstancias terrenales, pero que también se hace concreta en ellas. Porque la fe no nos invita a desentendernos del mundo, sino a transformarlo desde el amor, la justicia y el respeto por los demás.
Siguiendo la lógica de intercambio planteada en la maliciosa pregunta de los fariseos, ¿qué debemos dar o devolver a Dios? En primer lugar, el respeto por la dignidad de las personas, el compromiso con las causas justas, la defensa de la libertad de los oprimidos y el servicio a los demás. Todo lo que Dios nos pide tiene que ver, de una u otra manera, con el amor al prójimo. Porque, en definitiva, la salvación se gesta en nuestro interior, pero también se construye en comunidad.
Tenemos que guiarnos por los criterios expuestos en el Evangelio. En ese sentido, si uno quiere corresponder a Dios, debe tener presente la necesidad del prójimo. De hecho, cuando la empatía con el otro nos surge naturalmente y no la experimentamos como una carga o contraprestación, podemos reconocer un claro síntoma de nuestra iluminación.
La justicia es parte integral de la santidad del cristiano. Consiste en experimentar y vivir lo que Dios nos pide a través de sus mandamientos: un verdadero manual de instrucciones, con indicaciones muy concretas para orientar nuestra vida. Su cumplimiento no garantiza una paz interior automática, pero nos señala un camino para construirla y compartirla con los demás.
En estas palabras, San Mateo nos recuerda que Dios es el valor supremo y que el ser humano, hecho a su imagen y semejanza, es sagrado. Por eso, el Estado debe respetar y proteger su dignidad y sus derechos. Las personas son bastante más que números en una estadística o en los asientos contables.
La política no debe estar concebida desde la lógica del poder por el poder mismo, sino desde la perspectiva del servicio a los demás. El poder ejercido como dominación somete; el servicio, como nos enseña Jesús, libera.
Desde ese lugar, tampoco debemos utilizar el nombre de Dios para imponer proyectos políticos que atropellen derechos fundamentales, como la vida, la libertad, la salud, la educación, el trabajo o la seguridad. Ningún proyecto puede considerarse verdaderamente cristiano si pierde de vista la dignidad de las personas y el bien común.
Las monedas del César deben servir también para contribuir al bien común. Sin embargo, seguimos viendo cómo la riqueza se concentra injustamente en unos pocos, mientras cientos de miles de personas no disponen siquiera de lo indispensable para vivir con dignidad.
«Dar al César lo que es del César» nos predispone a comprender qué significa «dar a Dios lo que es de Dios». Amar a Dios y a los demás es nuestra gran riqueza, que debemos ofrecer generosamente para que se multiplique.
No hay nada de malo en querer y tener un buen pasar económico; todo lo contrario. El problema aparece cuando ponemos al dinero en el centro de nuestras vidas, olvidándonos de que somos hijos de Dios y de la responsabilidad que eso implica. Como dice el conocido refrán: «No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita».