Cada 17 de octubre nos pasa lo mismo: nos acordamos de la plaza llena, de las patas en la fuente, de la mística. Pero si somos sinceros, hoy esa foto nos queda lejos. No podemos quedarnos cantando la marcha como si no pasara nada, mientras la realidad afuera aprieta y a muchos no les alcanza para llegar a fin de mes. Este día no nació para mirar para atrás, nació porque un pueblo dijo basta y decidió que merecía vivir mejor.
Y hoy la verdad es otra. La verdad es que hay un montón de compañeros que se quedaron en sus casas. Pibes y viejos que pusieron el cuerpo, que pintaron paredes, que discutieron en la mesa familiar y que hoy sienten una bronca bárbara, o peor, una desilusión enorme. Tienen razón en estar enojados. Nos equivocamos, nos cerramos, nos encerramos a hablar entre nosotros y nos olvidamos de escuchar.
A esos compañeros hay que ir a buscarlos. No a darles un discurso ni a pedirles que aplaudan, sino a poner la oreja, a pedir disculpas si hace falta y a ponernos codo a codo de vuelta. Lo mismo con los que hoy la están pasando peor, los que sienten que nadie los representa. Hay que reconstruir la confianza desde abajo, con respeto de verdad. Respetar al que tenemos al lado no es pensar igual en todo; es entender que en lo importante queremos lo mismo: que la gente labure, coma dignamente y viva tranquila.
Siempre nos dijeron que la lealtad es un valor central, pero a veces se confunde lealtad con obediencia. La lealtad no es con una persona, con un cartel o con un cargo. La lealtad es con la causa. Es con la gente de a pie. Los proyectos colectivos no se arman para salvar las ambiciones de cuatro o cinco; se arman para cambiarle la vida a la gente. La política no sirve para otra cosa. Si no le sirve al vecino, no sirve para nada.
Para volver a gobernar y transformar las cosas en serio, tenemos que volver a ser mayoría. Y las mayorías no se construyen echando a nadie ni creyéndose los dueños de la verdad. Se construyen sumando, bancando las diferencias y buscando coincidencias honestas. Es con todos, de verdad, no de slogan.
Hay que animarse a armar algo nuevo, sin miedo. Levantemos la cabeza, volvamos a encontrarnos en el barrio, en el club, en el laburo. Volvamos a creer que podemos ser grandes y a pelear por un país, una provincia y una ciudad donde nuestros hijos y nuestros viejos vivan como se merecen. Depende de nosotros.