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0:00 La Palabra del Domingo
¿El silencio es respuesta?
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista
 
  • ¿El silencio es respuesta?

    Rufino Giménez Fines

En este XX domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A, corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo, Capítulo 15, versículos de 21 al 28: “Jesús salió de aquel lugar y se dirigió a la comarca de Tiro y Sidón. 22 En esto, una mujer cananea que vivía por aquellos lugares vino a su encuentro gritando: — ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está poseída por un demonio que la atormenta terriblemente. 23 Como Jesús no le contestaba ni una palabra, los discípulos se acercaron a él y le rogaron: — Atiéndela, porque no hace más que gritar detrás de nosotros. 24 Jesús entonces dijo: — Dios me ha enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. 25 Pero la mujer, poniéndose de rodillas delante de Jesús, le suplicó: — ¡Señor, ayúdame! 26 Él le contestó: — No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perros. 27 Ella dijo: — Es cierto, Señor; pero también los cachorrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28 Entonces Jesús le respondió: — ¡Grande es tu fe, mujer! ¡Que se haga lo que deseas! Y su hija quedó curada en aquel mismo instante”.
Aquí vemos que Jesús sale del territorio de Israel y se interna en tierra del Líbano. Dicho sea de paso, Tiro y Sidón eran dos ciudades fenicias famosas por su tráfico comercial: había mucha gente de paso y de lugares diversos. 
Llama la atención que una mujer cananea llame a Jesús “Señor, Hijo de David”, un título que reconoce en él al Mesías, y lo haga desde la desesperación que le provoca el estado de su hija. Incluso los propios discípulos interceden ante Jesús para que atienda su pedido. Finalmente, el milagro ocurre y, además, a distancia. 
Pero más allá del oportuno encuentro con Jesús, el verdadero valor de esta mujer extranjera es que su fe era nítida, confiable y transparente. No se dejó vencer por el cansancio ni por el aparente recelo inicial de Jesús. No abandonó a Jesús cuando parecía que Jesús la abandonaba a ella.
Y aquí está la enseñanza: cuando nuestra fe es sólida y verdadera, no necesariamente hace desaparecer los obstáculos, pero nos permite atravesarlos de otra manera. Y, cuando aquello que pedimos no sucede, la fe nos acompaña para poder sobrellevarlo de la mejor manera posible. Porque la fe, cuando es confiada, sabe esperar contra toda esperanza.
La fe perseverante nos enseña a esperar sin desesperarnos. Todos necesitamos un poco del corazón de la cananea: un corazón capaz de reconocer y contemplar la presencia de Jesús aun cuando no encontramos inmediatamente la respuesta que esperamos.
Jesús va a una tierra extranjera, y ese gesto tiene un mensaje implícito: la salvación que trae no queda encerrada en las fronteras de Israel. La alianza se abre, y ya no es sólo para un pueblo determinado. También nosotros estamos llamados a reconocer que ninguna procedencia, condición o diferencia puede quedar por encima del amor de Dios.
Vemos que, en un principio, Jesús no le responde. Ese silencio puede desconcertarnos. También a nosotros nos puede parecer, en más de una oportunidad, que Dios permanece en silencio frente a aquello que le pedimos. Pero la mujer no se retira. Insiste. Sigue creyendo. Su silencio no es el final de la historia.
Y ya lo sabemos: a veces tenemos que atravesar momentos en los que sentimos que no tenemos respuestas para descubrir cuánto somos capaces de confiar. Cuando comprendemos que nada puede ser más importante que permanecer cerca de Jesús, comienza a suceder algo bueno. La paz empieza a prosperar en nosotros.
El amor de madre que corre por las venas de la cananea no la deja renunciar e insiste, con desesperación, pero también con una confianza profunda. Ha vencido cualquier barrera en su interior y Jesús lo reconoce: “¡Grande es tu fe, mujer!”. Con su humildad, obtiene la sanación de su hija.
Esta cuestión no es menor. La fe no es una garantía de que siempre obtendremos aquello que pedimos. Es, muchas veces, aquello que nos permite seguir de pie cuando no lo obtenemos. La fe transforma nuestra manera de atravesar el dolor, la espera y la incertidumbre.
Estoy convencido de que escuchar el corazón de los demás provoca los milagros más grandes. Aquí vemos cómo una mujer afligida, extranjera y ajena al pueblo de Israel es escuchada porque su pedido nace del corazón. Hablamos de un Dios que se conmueve frente a la humanidad dolida de sus hijos, sin importar su procedencia ni su condición.
Todos somos uno, en la medida en que seamos capaces de mirar la vida desde el amor. Y quizás por eso la frase de Jesús tenga hoy tanta fuerza: “¡Grande es tu fe, mujer!”.
Porque la cananea nos enseña algo que todos necesitamos aprender: seguir confiando, incluso cuando parece que Dios guarda silencio. Permanecer cerca, incluso cuando no entendemos. Y no abandonar a Jesús cuando sentimos que Jesús parece habernos abandonado. 
 
Que tengan una bendecida semana!!! 
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