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HOY 0:00 La Palabra del Domingo
Saber compartir con los demás
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista
  • Saber compartir con los demás

    Rufino Giménez Fines

En este XVIII domingo del Tiempo Ordinario corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo, Capítulo 14, versículos del 13 al 21: “Cuando Jesús se enteró de lo sucedido, subió a una barca y se retiró de allí él solo a un lugar solitario. Pero la gente, al saberlo, salió de los pueblos y lo siguió a pie por la orilla. Al desembarcar Jesús y ver toda aquella multitud, se compadeció de ellos y curó a los enfermos. La tarde comenzaba a caer y los discípulos se acercaron a él para decirle: «La hora ya es avanzada y este es un lugar despoblado. Despide a la gente para que vaya a las aldeas a comprarse comida». Jesús les contestó: «No tienen por qué irse. Denles de comer ustedes mismos». Ellos replicaron: «Aquí sólo tenemos cinco panes y dos peces». Dijo Jesús: «Tráiganmelos». Mandó Jesús que la gente se recostara sobre la hierba; luego tomó los cinco panes y los dos peces y, mirando al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a sus discípulos para que ellos los distribuyeran entre la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos, y todavía se recogieron doce cestos llenos de trozos sobrantes de pan. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres ni los niños”. 
Aquí San Mateo nos relata la secuencia que conocemos como “La multiplicación de los panes” Cinco mil hombres comieron, sin contar las mujeres ni los niños… Toda la predicación de Jesús se centró en el anuncio del Reino de Dios, y la venida de un gran poder que cambiaría el curso de la historia.
Así fue que generó un gran apoyo y entusiasmo popular en función de un cambio de mentalidad y de vida, sobre todo para los más olvidados. Pues la causa de Dios era la causa de la humanidad.
En el contexto del milagro de la multiplicación de los panes, Jesús inculcaba a sus seguidores la importancia de compartir y hacerse cargo de las necesidades del prójimo. Este episodio fue un signo de la presencia de Dios, tal como lo fue el maná en el desierto.
Después de la Pascua, el anuncio del Reino adquiere un nuevo centro: Jesucristo resucitado, reconocido como Hijo de Dios y Salvador. Hoy día, la multiplicación de los panes encuentra su continuidad en la celebración eucarística, donde lo maravilloso radica en la posibilidad de compartir el mismo Pan de Vida.
Estas circunstancias manifiestan la presencia de un Dios cercano a la humanidad, revelada en su Hijo Jesús, y nos interpelan profundamente tanto en el compromiso con nuestros hermanos como en la búsqueda de una sociedad más justa.
Para que todos tengan pan, no hace falta un milagro sino más corazones generosos y organizados, de manera tal que la sinergia de la colaboración multiplique las buenas intenciones y las buenas acciones.
Pensemos que Jesús no anuncia un mensaje puramente espiritual… el pueblo tenía hambre concreta, y comió pan concreto. El Dios que Jesús proclama es un Padre que cuida de la salud y de la vida de sus hijos, que se preocupa por su trabajo, por una remuneración digna, por una vivienda y, sobre todo, por una educación que permita el desarrollo integral de cada persona.
No se puede disociar la Eucaristía y la multiplicación de los panes de esta realidad. Jesús, como buen semita, no separa el alma del cuerpo, ni los valores espirituales de los materiales. Porque entiende a la humanidad como la presenta el libro del Génesis. Y es por eso que este pan multiplicado es el símbolo de todo lo que la humanidad necesita para su crecimiento y desarrollo material, cultural, artístico, social, político y religioso.
El signo de Jesús es que Dios se hace cargo y comparte el sufrimiento humano, especialmente el de quienes menos tienen y más padecen. Por eso, la acción de Dios continúa haciéndose visible por medio de la vida de quienes procuran vivir el Evangelio.
La solidaridad es uno de los signos más elocuentes de la vida cristiana. Su origen remite a la idea de asumir juntos una misma responsabilidad, de comprender que el problema del otro también nos pertenece. Dar es ofrecer algo gratuitamente. Da quien tiene y ama. Da quien descubre en el hermano un motivo para comprometerse. Así obra Dios con el que no tiene, con quien se siente solo, con el abandonado, el pobre y el marginado.
Dios sabe que buena parte del hambre que padece la humanidad no nace de la falta de recursos, sino de la ambición, de la indiferencia y de la injusta distribución de los bienes. Muchas veces unos pocos se apropian de la riqueza de la tierra mientras millones de personas sufren necesidades que podrían evitarse.
Esto no es hablar en metáfora. Estamos pidiendo no olvidarnos de la gente hambrienta de pan material y también de pan espiritual. En este contexto, compartir con el hermano constituye una verdadera actitud de fe, porque expresa la manera en que Dios mismo ama a la humanidad. No se puede ser discípulo de Jesús y, al mismo tiempo, contribuir a que haya más pobreza y más hambre.
El Señor nos invita a compartir con los demás y a hacernos cargo de quienes más necesitan. Allí donde un cristiano comparte su pan, su tiempo, sus capacidades o su esperanza, los cinco panes vuelven a multiplicarse. Porque el verdadero milagro comienza cuando dejamos de preguntarnos cuánto tenemos y empezamos a preguntarnos cuánto podemos compartir. Así manifestamos, con nuestra propia vida, la presencia de un Jesús solidario con los más necesitados. 

¡Bendecida semana para todos!