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HOY 15:09 CUENTO DE CAFÉ Nº 100:
“CRÓNICA BORGIANA”
Por Diego Paolinelli / 24 de julio de 2026
  • “CRÓNICA BORGIANA”

    Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)


Pablo llegó temprano al café.

Su mesa habitual estaba vacía y eso siempre le provocaba una silenciosa alegría. Desde allí podía observar la calle a través de la gran vidriera y, sin mover la cabeza, recorrer con la mirada todo el salón. Era un hombre de costumbres. También de historias. Bastaba una conversación ajena o una frase dicha al pasar para que algún recuerdo despertara, pidiendo convertirse en cuento.

Junto a su mesa, apoyado contra la pared, un viejo piano vertical se transformó en mueble, ya nadie saca música de el.

Saludó a la concurrencia en general y apenas se sentó, el mozo ancestral del lugar, se acercó y puso en marcha el ritual entre ellos.

—¡Funes! —saludó.

—¡Álvarez! —respondió Pablo con una sonrisa.

—¿Lo de siempre?

—Sí. Un cortado… y una medialuna dulce, por favor.

—¡Marcha!

Mientras esperaba el pedido, Pablo abrió su mochila. Sacó un par de pequeños libros, un cuaderno espiralado y una birome azul.

Pocos minutos después, Álvarez regresó con el pedido. Con la precisión de quien había repetido ese gesto miles de veces, acomodó el plato con el pocillo, la cuchara y el sobre de azúcar, luego la medialuna y por último el servilletero formando un triángulo perfecto sobre la mesa.

—Buen provecho.

—Gracias.

Una vez terminado el desayuno, Pablo corrió apenas la vajilla hacia un costado, abrió el cuaderno y destapó la birome.

A esa hora el café todavía estaba tranquilo. Con todos los pedidos servidos, Álvarez se acercó a la mesa.

—¿Y hoy… de qué vas a escribir?

Pablo levantó la vista y sonrió.

—Todavía no lo sé.

—¿Cómo que no? Siempre te veo escribiendo.

—Justamente. Primero vengo al café. Después aparece la historia.

—Nunca te pregunté, ¿cuándo empezaste?

—Hace cuatro… no, cinco años. Empecé de grande.

—Pensé que escribías desde siempre.

—No. Desde chico tuve el hábito de leer. Pero un día descubrí que también tenía historias para contar… y me largué.

Álvarez señaló los dos pequeños libros apoyados sobre la mesa.

—Veo que la lectura sigue siendo parte del ritual.

—Siempre me acompañan.

—¿Y sobre qué escribís?

—Sobre gente común. Historias propias, prestadas o imaginadas. Tomo una anécdota y le agrego un poco de ficción. Lo justo para que respire.

—¿Cómo hacés para encontrar tantas historias? —preguntó Álvarez.

Pablo apoyó la birome sobre el cuaderno.

—Normalmente recurro a mi memoria. A veces alguien dice una palabra, hace un gesto o cuenta una anécdota… entonces algún recuerdo se me despierta, esperando convertirse en cuento.

—¿Y siempre escribís sobre relaciones?

—Casi siempre. Hablo del amor, de la amistad, del compañerismo… En realidad, escribo sobre personas.

Álvarez se quedó pensando unos segundos.

—¿Y qué es más difícil de sostener: el amor o la amistad?

Pablo sonrió antes de responder.

—El amor.

—¿Tan seguro estás?

—Sí. Porque como dice Borges: el amor, además del respeto y la lealtad que también necesita la amistad, requiere una presencia constante. Hay que construirlo todos los días. La amistad, en cambio, una vez que es verdadera, soporta silencios, distancias y hasta años sin verse. Después de mucho tiempo, dos amigos vuelven a encontrarse… la conversación continúa donde había quedado.

Álvarez asintió lentamente.

—Nunca lo había pensado de esa manera.

Lentamente el café fue llenándose.

Álvarez volvió a su rutina entre las mesas. Pablo, en cambio, permaneció unos instantes con la birome entre los dedos, recorriendo el salón con la mirada.

Sabía que las historias habitualmente aparecían donde él menos la esperaba.

En una mesa, tres hombres mayores discutían los titulares del diario con la pasión de quien todavía cree que puede cambiar el mundo desde un café.

Más allá dos mujeres, una mayor y otra jovencita, salen charlando del baño de Damas,y se sorprenden al descubrir que ambas se dirigen a la misma mesa. La cual ocupaba un joven que las espera con una gran sonrisa.

Pablo observa. Escucha. Esperaa.

Entonces la puerta se abrió violentamente.

Un hombre de aspecto descuidado atravesó el salón sin mirar a nadie. Llegó hasta la barra y, casi a los gritos, dijo:

—¡Decime dónde está el baño… que tengo que mear!

El murmullo del café se apagó de inmediato.

Los mozos se quedaron inmóviles, sorprendidos más por las formas que por el pedido.

Fue entonces cuando, desde una mesa del fondo Don Jorge Luis, un hombre mayor, vestido con un traje gris y una corbata negra, levantó apenas la vista del libro que estaba leyendo.

Y con una serenidad absoluta le dijo:

—Mire, señor… siga ese pasillo, gire a la derecha y encontrará una puerta con un cartel que dice «CABALLEROS». No le haga caso… entre igual.

Álvarez, dibuja una sonrisa confirmando la sutileza para la ironía con el grosero.

Luego pasa junto a la mesa de Pablo.

Mira el cuaderno todavía en blanco.

Sonríe.

—¿Ya apareció la historia?

Pablo miró alrededor.

El viejo piano.

El sol que ilumina la vidriera

Los clientes.

El hombre del traje gris

Sonrió.

Y responde:

—Siempre estuvo acá!

————————————————————————————————————————

Pablo apoyó la punta de la birome sobre el papel.

Escribió despacio en la parte superior de la hoja en blanco:

Cuento N°100

Y luego debajo agregó:

“CRÓNICA BORGIANA”

Afuera, la ciudad seguía su rutina.