Era una mañana de jueves, con un sol radiante, a mediados de marzo, en la costa atlántica.
Manuela y Pablo tomaron un par de reposeras. En una mochila cargaron el equipo de mate, unas galletitas y caminaron las dos cuadras que separaban la casa del mar.
Pasaron junto a la obra de Marta Minujín, frente al Museo MAR. Cruzaron la avenida Camet y aprovecharon la escasa cantidad de gente en la playa para instalarse al comienzo de la escollera. Allí, un pequeño espacio de arena rodeado de piedras los protegía del viento marino y les regalaba el mejor lugar para disfrutar de ese último sol del verano.
Con la primera ronda de mates —y antes de que Pablo pusiera la radio en la aplicación del teléfono— Manuela encontró el momento justo.
—Pablo… te propongo un juego.
—A ver…
—Ahora que te están haciendo tantas entrevistas como escritor… ¿me dejás que te haga una yo?
—Dale, me gusta la idea.
—Bueno… pero dentro de este juego tenés que responder sin pensar, sin las frases hechas que usás normalmente. Acordate de que estás hablando conmigo. ¿Ok?
—Sí, pero vos ya estuviste en algunas entrevistas anteriores. Así que, si te parece que una respuesta está armada, marcámela. Y tratá de no hacer las preguntas de siempre… buscá las tuyas.
—¡Bien!
Dijo ella mientras tomaba el celular, abría la aplicación para grabar, acomodaba su cabello y, cambiando su gesto divertido por el de una entrevistadora profesional, acercó el teléfono como si fuera un micrófono. Moduló la voz para que sonara a locutora y presentó a su invitado.
Ambos se tomaron el juego muy en serio, como solían hacer con todo.
Hasta que Manuela hizo una pregunta que cambió el rumbo de aquella charla.
—¿Cuál fue la experiencia literaria que considerás más importante?
Pablo no necesitó pensar la respuesta.
—Sin lugar a dudas… que, después de publicar mi primera compilación de cuentos, me invitaran a leerles a alumnos de una escuela primaria.
—¿Por qué?
Pablo dejó el mate sobre la arena. Miró el mar unos segundos antes de responder.
—Porque unos años atrás empecé a tener un sueño recurrente.
—¿Cuál?
—¿Te acordás de la serie Cuentos Asombrosos?
—No…
—En la presentación aparecía un anciano de túnica blanca, con una barba larguísima, sentado sobre una piedra junto a una fogata. A su alrededor había un grupo de chicos de una aldea que escuchaban fascinados las historias que él les contaba.
Hizo una pausa.
—Cada vez que tenía ese sueño me despertaba con la misma sensación. No entendía por qué esa imagen volvía una y otra vez.
Tomó otro mate y continuó.
—Años después, cuando me invitaron a leer en una escuela, tuve que elegir cuentos que conectaran con mi propia infancia. Tuve que cambiar la voz de los personajes, exagerar algunos gestos… y tratar de mirar el mundo como lo mira un chico. Ese día entendí por qué había soñado tantas veces con ese anciano.
Manuela sonrió.
—¿Y cuando empezaste a escribir imaginaste alguna vez que ibas a contarles cuentos a los chicos?
Pablo negó con la cabeza.
—La verdad es que no. Al principio escribir fue algo completamente catártico. Después apareció mi memoria… y con ella un montón de historias que habían quedado guardadas durante años. Mientras las escribía, me di cuenta de que muchas solo funcionaban si volvía a sentirme el chico que había sido.
Hizo una pausa.
—Aunque, si lo pienso bien… todo empezó bastante antes.
Cuando todavía vivía solo, una noche invité a cenar a un matrimonio amigo con su hijo, que tendría unos cinco años.
La cena pasó entre charlas y risas. Se fueron tarde y la vida siguió como siempre.
Hasta que, unos días después, mis amigos me contaron algo que había pasado mientras volvían a su casa.
El nene, desde el asiento de atrás, preguntó:
—¿Y Pablo con quién vive?
—Solo —le respondió la mamá.
Hubo unos segundos de silencio.
Y entonces volvió a preguntar:
—¿Y de noche… cuando necesita algo o quiere algo… quién se lo trae?
Pablo sonrió apenas, como si volviera a escuchar aquella voz.
—Esa pregunta quedó para siempre en mi memoria.
Cada vez que me siento a escribir, intento recuperar esa forma de mirar el mundo.
La que todavía cree que siempre hay alguien para cuidar a otro.
La que todavía puede sorprenderse de todo.
La fantástica ingenuidad…del mundo visto desde los ojos de un niño.
Manuela dejó el celular sobre la mochila. La entrevista había terminado sin que ninguno de los dos lo advirtiera.
Mientras buscaba unas galletitas para acompañar el mate, Pablo volvió a cebar en silencio.
A pocos metros de la escollera llegó una familia. El padre y la madre desplegaban una lona sobre la arena y acomodaban una sombrilla para protegerse del sol del mediodía. Sus dos hijos —una nena de unos siete años y un varoncito un poco menor— ya estaban de vacaciones antes que ellos: corrían, se perseguían y jugaban alrededor sin preocuparse por nada.
Pablo quedó en su reposera, dentro de aquel pequeño refugio de arena rodeado de piedras. Con su sombrero de playa, la barba blanca ya bastante crecida y el mate apoyado sobre una mano como si fuera un cetro, tenía algo de rey antiguo sentado en un trono de roca, con el mar como telón de fondo.
De pronto, la nena dejó de jugar.
Miró a Pablo.
Lo observó unos segundos.
Y, con esa confianza que solo tienen los chicos, caminó hasta quedar frente a él.
—Señor…
Pablo levantó la vista.
—¿Sí?
—¿Usted está perdido?
Sorprendido, tardó unos segundos en responder.
—No… señorita. ¿Por qué me preguntás eso?
La nena sonrió con total naturalidad.
—Porque parece salido de un cuento.
Y, sin esperar una respuesta, dio media vuelta y volvió corriendo a jugar con su hermano.
Pablo siguió mirándola hasta que se mezcló otra vez entre las risas y la arena.
Después giró lentamente hacia Manuela.
—¿Qué habrá visto?
Ella sonrió.
—Lo mismo que vos buscás cada vez que escribís.
La capacidad de mirar el mundo…desde los ojos de un niño.