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HOY 0:00 La Palabra del Domingo
Sin términos medios
Por: Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista.
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    Rufino Giménez Fines

En este XII Domingo del Tiempo Ordinario corresponde la lectura del evangelio de San Mateo, Capítulo 10, versículos del 26 al 33: “No tengan miedo a la gente. Porque no hay nada secreto que no haya de ser descubierto, ni nada oculto que no haya de ser conocido. 27 Lo que yo les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a plena luz, y lo que escuchan en secreto, pregónenlo desde las terrazas. 28 No tengan miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Más bien tengan miedo de aquel que puede destruir el cuerpo y el alma en la gehena. 29 ¿No se venden dos pájaros por muy poco dinero? Sin embargo, ninguno de ellos cae a tierra si el Padre de ustedes no lo permite. 30 Pues bien, ustedes tienen contados hasta el último cabello de la cabeza. 31 Así que no tengan miedo; ustedes valen más que todos los pájaros. 32 Todo aquel que se declare a mi favor delante de los demás, yo también me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en los cielos. 33 Y, al contrario, si alguien me niega delante de los demás, yo también lo negaré a él delante de mi Padre que está en los cielos”. 
 
***
 
En medio de nuestras luchas diarias, alegrías y dificultades, el Señor nos acompaña y fortalece con su palabra y presencia eucarística, animándonos a vivir con confianza y fidelidad, sabiendo que nunca nos abandona.
 
El evangelio de hoy nos invita e interpela en cuanto creyente que somos. Y es que a lo largo de la historia fuimos víctimas de la violencia por profesar nuestra fe. Son pocos los países hoy en día, un puñado, en los que uno puede ya no la vida, pero sí la libertad por definirse católico… ni hablar de sufrir discriminaciones de todo tipo.
 
Los recordamos y honramos como mártires. Y sus testimonios hacen que la verdad prevalezca: como verdaderos seguidores de Cristo, no devolvieron la violencia recibida.
 
En el evangelio de hoy, Jesús nos invita a predicar sus enseñanzas aun en un entorno potencialmente peligroso u hostil, explicando que no estaremos solos y que cada individuo es conocido al detalle y valiosísimo para el Padre: “Ustedes tienen contados hasta el último cabello de la cabeza”.
 
Precisamente porque Dios nos conoce profundamente, también conoce nuestra fragilidad. Su capacidad de misericordia y perdón no tiene límite, porque reconoce nuestra esencia amorosa, sabe que estamos aprendiendo y que un error no nos define. “Pedro, ¿me amas? Apacienta a mis ovejas”, le va a decir a quien lo negó tres veces.
 
Este domingo Jesús nos libera del miedo que demora y hasta paraliza o, directamente, nos enferma.
 
Expresiones como "No temas", "No tengan miedo", "No te asustes", "No desmayes" o "No tengas temor" aparecen muchas veces a lo largo de la Biblia: algunos dicen que el llamado a no tener miedo se repite 365 veces. Pero es un concepto romantizado: dependiendo de la traducción utilizada y de qué expresiones se cuenten, el total varía considerablemente. Sí es cierto (e importante de saber) que el llamado a confiar en Dios frente al miedo es uno de los mensajes más repetidos y centrales de toda la Biblia.
 
En este caso, se enmarca en un discurso misionero hacia los mensajeros del Reino y especifica: no teman predicar públicamente, revelar lo oculto, hacer conocer lo secreto... proclamar en pleno día lo que está en la oscuridad.
 
No teman frente al martirio: pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Y finalmente, y no menos importante: no teman porque el Padre nos conoce y está con nosotros.
 
El evangelio de hoy pone el dedo en una llaga que a todos nos duele: muchas veces el temor al ridículo o a ser discriminados nos hace callar y ocultar nuestra fe. Ni hablar cuando la propia sociedad pregona propuestas que van en contra de la ética cristiana.
 
En este sentido, tanto los cristianos de a pie como quienes hemos consagrado nuestra vida al Señor, no tenemos que tener miedo de anunciar la verdad del Evangelio ni de exigir honestidad a quienes ejercen cargos públicos. Tampoco de promover el desapego al poder y a los privilegios, ni de denunciar las riquezas injustificables o los lujos sin sustento ético ni razonable, que en la práctica terminan dejando en la miseria a cientos de miles.
 
Precisamente porque el Evangelio nos llama a dar testimonio también en la vida pública, suele aparecer una objeción conocida. En pleno siglo XXI tenemos que seguir escuchando que la Iglesia se tiene que ocupar de las cosas espirituales y no meterse en política, como si fueran cosas diferentes. O que la Iglesia está desfasada y no hace nada frente a las injusticias… no sabe lo que dice.
 
El cristiano de hoy se encuentra ante un dilema: sí al Evangelio, y no al poder corrupto. Nuestro silencio ante tantos hechos de corrupción, robos, vaciamiento del país o desamparo impune de los jubilados y los desocupados en varias partes del mundo y América Latina, que incluye la desprotección jurídica de nuestras familias, también interpela nuestra conciencia delante de Dios.
 
Lo cierto es que cuando se trata de la justicia y de la dignidad humana, no hay término medio: se está a favor o en contra. Como decía Monseñor Enrique Angelelli (1923-1976): “Con un oído en el Evangelio, con otro oído en el pueblo”.