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Ratola, representante de Villa Dálmine en el nuevo libro de la AFA
La institución presentó su nuevo libro “Historias de sus hinchas y sus cábalas”, que reúne cuentos de 40 equipos de todo el país. El músico y escritor de Campana representó al Viola con su escrito “Que las hay, las hay”.
  • Ratola, representante de Villa Dálmine en el nuevo libro de la AFA

    Ratola fue reconocido en la última feria del libro.

  • Ratola, representante de Villa Dálmine en el nuevo libro de la AFA

    El campanense incluyó uno de sus cuentos en la edición.

En el cierre de la 50° edición de la feria del libro de Buenos Aires, Cultura AFA presentó su nuevo libro “Historias de sus hinchas y sus cábalas” que reúne cuentos de 40 equipos de todo el país. En esta oportunidad el músico y escritor de Campana Cristian Gigena, más conocido como Ratola, es el encargado de representar al Club Villa Dalmine con su escrito “Que las hay, las hay”.

A continuación, les compartimos el cuento:

QUE LAS HAY, LAS HAY

No recuerdo exactamente cuándo empezó esto de las cábalas, ni siquiera sé si alguna vez me funcionaron o fue solo que se alinearon los planetas y el equipo empezó a ganar, pero no tengo dudas que cada vez que cambiaba algo no cosechábamos ni un empate. Y que dolorosas esas épocas donde no encontraba donde estaba el error en la lógica cabulera y perdíamos partido tras partido. Que me importa a mi si el 5 no corta a nadie, si el 3 es un cono, si el arquero es el primo de Clemente o si el 9 tiene la pata redonda, a mi dejame seguir con mi ritual que yo por lo menos un empate te saco. Y si encima aplico todo lo que tengo que aplicar hasta capaz ganamos en el último minuto con un gol horrible, pero gol al fin, porque cuando la pelota pasa la línea e infla la red no hay vuelta atrás.
Para hacerla hay que hacerla bien, respetar todos los pasos. Los de la semana, los del día del partido y también los que suceden mientras el partido se está jugando. Acá en el único momento que te podés relajar es entre el pitazo final y las 23:59 de ese mismo día, ahí aflojas un poco, pero a las 00:00 hs. ya empezamos a preparar el partido que viene.

La semana es complicada: El lunes se compra el diario en lo de Esteban para el martes arrancar y guardar la hoja donde hablan del partido, el miércoles se ordenan las camisetas por año mientras suena algún disco de Los Stones de fondo, el jueves se va a jugar al fútbol 5 con amigos con una camiseta de los últimos 3 torneos, el viernes se usa el cortaúñas desafilado de la suerte y se compran los puchos para el domingo en el kiosco de la Susy y el sábado, ya más cerca del día del partido, se le reza una oración a la estampita de San Expedito, otra al poster del Diego y otra a la foto de mi abuelo Vicente que fue quien me hizo hincha de este glorioso club. Acá se es creyente y se le reza a todos los frentes, nunca sabes de donde va a venir la ayuda. Obviamente sin tener en cuenta los bonus tracks que dan el plus cuando la cosa viene jodida y hay que apretar el acelerador. A esto le sumamos que si el equipo ganó hay cosas que no se mueven de lugar, esto puede ir desde la botella vacía arriba de la mesa hasta un producto totalmente vencido en la heladera.

El día del partido la cosa va tomando color: aparecen las zapatillas con la suela despegada que si justo había llovido el día previo al partido me garantizaba un buen resultado pero también la media mojada los 90 minutos, la camiseta victoriosa que no era muy agraciada porque tenía más publicidades que un auto de carrera pero que concentraba una efectividad del 86%, el pantalón negro del apertura del 95 que jamás se lava salvo que sea alcanzado por el agua bendita del cielo, el carnet en el bolsillo derecho junto con los caramelos ácidos, todos violeta obviamente, y en el izquierdo un bollito de plata sumado a los puchos junto con un encendedor entrado de contrabando que si la policía me lo sacaba en la entrada era partido perdido. Ir caminando a la cancha por las mismas veredas de siempre, cruzar en la esquina de la verdulería de Lito, pasar por la puerta de la capillita del barrio para cargar al máximo la barrita de la fe, entrar siempre por el molinete de la izquierda y saludar a los hinchas con los que compartía el sector por orden de antigüedad, desde el vitalicio Beto hasta el hijito del Nano con el que chocábamos puños. A esto hay que sumarle pisar directamente el segundo escalón con el pie derecho, no chocar con los talones el tablón, besarme el tatuaje de la fecha del último ascenso e implorar que pasara el hombre de las garrapiñadas y aceptarle el precio inflacionario que decidía ponerle ese día porque detrás de esas garrapiñadas había una fortaleza que hacía que nos lleváramos los 3 puntos. Como la cancha daba a las vías siempre contábamos con un extra de los más eficaces: Pedir un deseo, el que ustedes ya saben, en caso de que pasara el tren.

Una vez alineado todo esto viene otro trabajo muy difícil que consiste en ahuyentar al tipo de persona más pierde puntos de toda cancha y de todo club, sin importar si estas en la B o jugando el mundial de clubes: El tipo que grita los goles antes de tiempo. Esto sí que no tiene ningún tipo de solución, cábala ni santo que lo contrarreste, alguien grita antes de tiempo y automáticamente la pelota decide no entrar al arco. A esas personas definitivamente hay que sacarles el carnet y prohibirles la entrada al club. ¡Pero donde se vio! ¿Quién festeja antes de tiempo? ¡NADIE! Imaginate que yo cumplo años el 9 de abril y el 7 esté tomándome una sidra y comiendo torta de durazno con crema mientras celebro una nueva vuelta al sol. ¡IMPOSIBLE! ¡Te faltan dos días hermano!

Arranca el partido y con él un tire y afloje de rituales según como se va dando el resultado. Hay partidos con que con los primeros dos ya se destraba la cosa y hay otros que hay que usarlos a todos, uno tras otro y en el orden correcto, como cuando hacíamos el truco final en el jueguito de family y apretábamos todos los botones juntos para coronar la partida.

Pitazo final, otro partido que se termina y otro triunfo que queda en casa. La verdad, siendo totalmente sincero, tengo que reconocer que en estas horas que hay entre que termina el encuentro y empieza el nuevo día me doy cuenta que es absurdo pensar que todas estas cosas nos llevaron a los buenos resultados, que me estoy volviendo loco, que es ilógico pensarlo y de alguien que no tiene dos dedos de frente.
23:59 del domingo, se acerca el lunes, comienza una nueva semana y no veo la hora de que sean las 9 para pasar por el puesto de Esteban y comprar el diario. Las cuentas son claras y hay que ser ordenadito: el ascenso, que tanto queremos, no va a llegar solo.