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HOY 11:43 POR MARÍA EUGENIA COSSINI
“Prohibido el celular”: el nuevo “no pienses en un elefante rosa”
La UNESCO sorprendió esta semana al poner en duda algo que hace apenas unos años parecía una verdad absoluta: prohibir celulares en la escuela quizás no sea la solución mágica que muchos imaginaban.
  • “Prohibido el celular”: el nuevo “no pienses en un elefante rosa”

Y confieso algo: yo misma escribí varias veces defendiendo la prohibición.

Sí, fui de las que dijeron “los celulares afuera”. Y, de hecho, lo sigo pensando, en parte. Porque sinceramente creo que, en muchos contextos, poner un límite fuerte era —y todavía es— necesario. Las aulas estaban explotadas de distracción, hiperestimulación y chicos completamente absorbidos por un dispositivo que compite con cualquier docente, cualquier conversación y cualquier intento de foco.

A veces, cuando algo se desborda, hace falta mover el péndulo fuerte hacia el otro lado para recuperar equilibrio.
Pero quizás el problema empieza cuando creemos que ahí termina la discusión.
En Argentina hay una frase muy usada en televisión: “no resistir archivo”. Se usa para señalar a alguien que defendía una idea con convicción… hasta que unos años después defendió exactamente la contraria.
Y, sin embargo, quizás en un mundo que cambia tan rápido, no resistir archivo no sea necesariamente un defecto.

Tal vez revisar nuestras certezas también sea inteligencia.
Porque hay algo importante que no podemos romantizar: en ciertas edades, probablemente el celular —y sobre todo las redes sociales— sí deberían estar mucho más restringidos, e incluso prohibidos en algunos contextos.
No porque la tecnología sea “mala”, sino porque el cerebro infantil y adolescente todavía está en desarrollo.
La neurociencia lo viene mostrando hace años: durante la adolescencia, el sistema de recompensa dopaminérgico está hiperactivo, mientras que la corteza prefrontal —la parte encargada de regular impulsos, sostener atención y tomar decisiones— todavía está madurando.
Traducido al español cotidiano: mucho acelerador y poco freno. Y TikTok lo sabe perfectamente. Instagram también. Todos lo saben.

Por eso no podemos caer en la ingenuidad de pensar que un chico de 10, 11 o 12 años tiene las herramientas para autorregular algo que incluso a los adultos nos cuesta manejar.
Porque esa es otra gran contradicción de esta época: los adultos que prohibimos celulares también vivimos hiperconectados. Revisamos WhatsApp en reuniones, respondemos mails durante la cena, sentimos ansiedad si dejamos el teléfono lejos unos minutos… y aun así pretendemos que los chicos gestionen perfectamente algo que nosotros mismos todavía estamos aprendiendo a regular.
Entonces sí: probablemente hicieron falta prohibiciones. Frenos. Límites más claros. Pausas - e incluso probablemente hagan falta un tiempo más.
A veces, cuando algo se desborda, el péndulo necesita ir fuerte hacia el otro lado para recuperar equilibrio.

Pero quizás el error sea creer que la discusión termina ahí.
Porque el verdadero desafío no es solamente sacar el celular del aula. Es entender qué tipo de vínculo estamos construyendo con la tecnología como sociedad.
Y ahí ya no alcanza solo con prohibir.
Porque los chicos van a vivir en un mundo hiperconectado. Van a trabajar, estudiar, vincularse y construir identidad atravesados por tecnología. Entonces el desafío no puede ser solamente esconder el dispositivo. Tiene que ser enseñar a convivir con él sin convertirnos en esclavos de la hiperconexión.

Y eso es mucho más difícil.
Porque no se aprende autorregulación en ausencia total de estímulo. Se aprende gradualmente. Con límites, sí. Con conversaciones incómodas también. Con adultos presentes. Con espacios donde el celular se guarda… y otros donde se usa con criterio.
El problema es que muchas veces buscamos soluciones binarias para problemas profundamente complejos. O prohibimos todo o dejamos hacer cualquier cosa. Y probablemente ninguna de las dos posturas alcance.
También hay algo bastante irónico en todo esto: mientras discutimos si los chicos deberían usar celulares en clase, los adultos tampoco estamos pudiendo sostener atención, presencia ni descanso mental.
Quizás por eso esta discusión necesita madurar.

Pasar de “cómo controlamos el dispositivo” a “cómo reconstruimos una relación más sana con la atención, el tiempo y la presencia”.
Porque tal vez la verdadera pregunta no sea si el celular entra o no al aula.
Tal vez la verdadera pregunta sea cómo volvemos a enseñar —y a enseñarnos— a estar realmente presentes en un mundo diseñado para distraernos todo el tiempo.

Y eso, claramente, no se resuelve solo prohibiendo.


Mg. María Eugenia Cossini