El tiempo en Campana | Ver pronóstico Ver pronóstico
El tiempo
- Edición Nro. 6266 // Visitas últimas 24 hs: 15897
HOY 0:00 La palabra del domingo
Todos somos uno
Por Rufino Giménez Fines.
  • Todos somos uno

    Rufino Giménez Fines

En este VI domingo de Pascua, corresponde la lectura del Evangelio de San Juan, Capítulo 14, versículos del 15 al 21: ”Si me aman, cumplirán mis mandamientos; 16 yo, por mi parte, rogaré al Padre para que les envíe otro paráclito que esté siempre con ustedes: 17 el Espíritu de la verdad a quien los que son del mundo no pueden recibir porque no lo ven ni lo conocen; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque vive en ustedes y está en medio de ustedes. 18 No los dejaré huérfanos; volveré a estar con ustedes. 19 Los que son del mundo dejarán de verme dentro de poco; pero ustedes seguirán viéndome, porque la vida que yo tengo la tendrán también ustedes. 20 Cuando llegue aquel día, comprenderán que yo estoy en mi Padre; ustedes en mí y yo en ustedes. 21 El que acepta mis mandamientos y los cumple, es el que me ama de verdad; y el que me ama será amado por mi Padre, y también yo lo amaré y me manifestaré a él”.
 
***
 
"Cuando llegue aquel día, comprenderán que yo estoy en mi Padre; ustedes en mí y yo en ustedes", dice Jesús: y deja al descubierto algo decisivo: ya no se trata solo de creer en Dios, sino de vivir en comunión con Él.
 
Este discurso, pronunciado después de la última cena, apunta a algo muy concreto: no estaremos solos si tomamos en serio su palabra y la llevamos a la práctica. No alcanza con escuchar; se trata de vivir como Él vivió. En otras palabras, cuando sus seguidores viven de acuerdo con su enseñanza y su ejemplo, experimentan una conexión real con Dios. Es una experiencia de pertenencia mutua, que se concreta a través del Espíritu Santo que Jesús promete enviar.
 
El caracú de la palabra de hoy pasa por el Espíritu Santo: don que Cristo promete y que derrama sobre la Iglesia naciente, fortaleciendo la fe y la vida de la comunidad creyente.
 
El Paráclito, también traducido como “abogado” o “consejero” (Espíritu de la Verdad, nuestro Intercesor y Maestro interior), es quien nos ayuda a vivir en plenitud, guiándonos en la verdad del amor, incluso cuando no resulta fácil, enseñando, recordando, profundizando y actualizando el mensaje de Jesucristo.
 
Pero cuidado: no se trata de renegar de los bienes terrenales, sino de no poner en ellos nuestra integridad ni depender de ellos para encontrar paz interior. Jesús deja en evidencia hasta qué punto muchas veces vivimos condicionados por lo material, lo inmediato o el miedo, y nos invita a una libertad más profunda.
 
Es el abrazo abierto al mundo, a pesar de la oscuridad, la indiferencia, e incluso el cansancio. Este abrazo abierto no excluye: la mano de Dios acompaña la nuestra en la medida en que nos abrimos, buscamos y acompañamos a otros en el camino. Ahí lo tenemos a San Pablo, quien nos invita a “buscar los bienes de arriba” (Col 3,1).
 
Quien ama a Jesús será amado por el Padre, y cada uno de nosotros está llamado a ser morada de Dios. Así, la realidad humana deja de ser la de meras criaturas y se abre a algo mayor: ser santuario de un Dios cercano, que vive con y en nosotros, conformando una comunión basada en el amor.
 
Entonces, buscar a Dios implica también entrar en nuestro interior, donde actúa el Espíritu Santo y se va moldeando nuestra vida. Ser cristianos es descubrir cada día la novedad de la Palabra. Es tomar conciencia y ponernos a su servicio, no por obligación, sino porque ya no concebimos vivir de otra manera.
 
La Palabra, aun hoy, muchas veces genera resistencias y conflictos. No resulta un mensaje cómodo, porque exige actuar con sinceridad, rechazar la mentira, buscar el bien común, oponerse a la corrupción, perdonar y devolver bien por mal.
 
Es por eso también que la comunidad cristiana necesita fortaleza, valor, coraje, comprensión y diálogo para compartir y construir una Iglesia misionera, que camina y contiene, en salida al encuentro de los más necesitados y de todos aquellos que aún no conocen el amor de Dios.
 
Abramos entonces nuestra mente y nuestro corazón para que el Señor habite en nosotros por medio del Espíritu Santo y -como Él nos pidió- seamos sus continuadores en lo concreto de cada día. Pero no como un simple mandato o una obligación hueca de contenido, sino disfrutando desde la paz creciente y profunda que nace de la certeza de que -más allá de cualquier altibajo emocional o revés material- no estamos solos, y nuestra vida no se agota en este plano. Porque, en definitiva, todos somos uno.