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HOY 0:23 El cuento de café de Diego Paolinelli
“UNA HISTORIA…MUCHOS MAESTROS”
Soltar y Sanar
  • “UNA HISTORIA…MUCHOS MAESTROS”

    NEGRO GODOY (@negrogodoy)

Ese sábado por la tarde, cuando Pablo estacionó frente a la casa de sus amigos, no fue una tarde como cualquiera. No era uno de esos encuentros distanciados en el tiempo pero cercanos en el afecto. No habría charlas de fútbol, recuerdos o proyectos.

Apagó el motor del pequeño y algo viejo auto blanco. Se miró en el espejo retrovisor. Su cara aún no era la de ese tipo alegre; la preocupación se le marcaba en el entrecejo y en la mirada.

Cerró la puerta sin azotarla. Los pocos metros que debía cruzar hasta el portón de hierros trenzados, negro y moderno para la fisonomía de la cuadra, le parecieron eternos.

Le pesaba una carga invisible a los ojos de los demás. Una mochila con decepción, amargura y deudas.

Hacía casi un mes había descubierto una estafa por parte de su pareja y decidió terminar la relación de inmediato. Pero cortar era solo una parte. Ahora debía afrontar lo pendiente y confiar en su amiga para encontrar una salida.

Tocó el timbre, corto y fuerte. A los pocos segundos escuchó abrirse la puerta principal y luego el portón.

—¿Cómo anda mi amigo? —dijo Claudia con una voz dulce, aunque áspera por los años de cigarrillos.

Pablo dibujó una sonrisa como pudo. La mirada, en cambio, era honesta con su estado interior. Se abrazaron y entraron.

—Pasá… pasá, que José ya arrancó el mate.

La charla pasó rápido de los saludos al tema inevitable: la separación.

—Estoy tranquilo con eso. Esa misma noche, después de tomar la decisión, dormí ocho horas de corrido… como hacía mucho no lo hacía —dijo Pablo, con una voz más relajada de lo esperado.

Luego llegó lo que más lo alteraba. Su voz perdió brillo. Tragó saliva. La garganta le raspaba. Sorbió del mate y, antes de devolverlo a José, relató como pudo —con la vergüenza de sentirse estafado— que además de la pérdida del dinero quedaban compromisos a su nombre que no podía eludir. No era mucho. Pero en ese momento necesitaba dejar todo en cero.

La respuesta no se hizo esperar. Ambos estuvieron de acuerdo. José se levantó y fue a buscar el dinero.

Ese momento a solas lo aprovechó Claudia.

—Yo te voy a pedir algo antes de darte la plata.

Pablo la miró a los ojos y, sinceramente agradecido, respondió:

—Pedime lo que quieras. Te firmo el documento que necesites…

Claudia lo cortó en seco, con la confianza de los años.

—No seas tarado. Yo sé a quién le estoy prestando. Lo único que te pido es que no te quedes atado al pasado, pensando en lo que podrías haber hecho con esa plata. Empezá a disfrutar la vida que generás vos!!!

La frase de Claudia siguió flotando en el ambiente.
Pablo la aceptó. No como un pedido. Como un consejo.
Y entendió que valía tanto —o más— que el dinero que acababan de prestarle.

– Resiliencia
Mientras renovaba la ronda de mates, José no quiso quedarse afuera.

—Hacele caso a Clau. Tenés la oportunidad de sobreponerte a esta situación. Y salir mejor parado.

Algo en esa palabra —sobreponerte— le encendió una luz.

Pablo levantó la mirada.

—José… me hiciste viajar veinte años al pasado. ¿Te acordás del viejo Héctor?

—¿El Chivo? —preguntó José, sonriendo.

—Ese mismo. El profesor de taller. Yo tenía dieciséis… diecisiete años. Y estaba convencido de que el mundo era injusto conmigo.

(El muchacho recuerda el olor a taller, el ruido seco de las herramientas, las manos negras de grasa. Recuerda que se quejaba. Mucho. Con cualquiera que lo escuchara).

-Hasta que el Chivo apareció detrás mio, limpiándose las manos con un manojo de estopa.

No levantó la voz.

Me miró fijo y me dijo:

—Mirá, pibe… la vida te va a pegar patadas en el culo. Pero cada vez que lo haga, te va a obligar a dar un paso para adelante.

Terminó de contar la anécdota.
José y Claudia se miraron en silencio.

En la cara del muchacho se dibujaba una sonrisa distinta.
No era alivio.
Era comprensión.

Como si, de golpe, hubiera recordado que cada vez que la vida lo empujó, alguien apareció para enseñarle cómo pararse mejor.