El tiempo en Campana | Ver pronóstico Ver pronóstico
El tiempo
- Edición Nro. 6222 // Visitas últimas 24 hs: 20960
HOY 12:54 El cuento de café de Diego Paolinelli
"CRECER CON MIEDO"
(Cuando los verdaderos “hombrecitos verdes” no venían del espacio)
  • "CRECER CON MIEDO"

    Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)

Finalizaba el año 1977 y un grupo de chicos de 5° grado de la Escuela Primaria N°10, como despedida del curso y a punto de iniciar sus vacaciones de verano, decidió hacer algo distinto.

Guiados por Nuri en la iniciativa, irían “solos” —sin adultos— al cine del pueblo a ver el estreno de la nueva película de Steven Spielberg: Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. Una historia que prometía suspenso, acción, miedo y la llegada al planeta de visitantes extraterrestres.

Como cierre del plan —ya que irían a la primera función de la tarde— uno de los chicos propuso que, después del cine, el grupo fuera a una pizzería.

La idea fue aprobada por unanimidad.

Pablo miraba con ansiedad el reloj de pared en la cocina de su casa.
Minutos antes, su madre había chequeado la higiene personal, que la ropa elegida estuviera limpia y planchada y, como detalle final, acomodó hacia un costado el flequillo que cubría su frente, tal como le había pedido su muchacho.

La mujer sacó unos billetes del bolsillo y los colocó dentro de la cédula del chico. Luego le entregó un juego de llaves de la casa.

Cuando sonó la bocina del auto del padre de Hernán —que los llevaría al cine, en el centro de la ciudad— le recordó:

—Pablito, no te olvides lo que hablamos temprano con tu papá. Fijate bien la hora para volver!!!

—¡Sí, maaá! —respondió el chico, mientras salía disparado hacia la calle.

El padre de Hernán, al volante, saludó con un gesto a la señora. Su hijo que iba en el asiento del acompañante, miró hacia atrás, donde se acomodó Pablo junto a Rubén y Willy.
Los cuatro se miraron envueltos en una sonrisa cómplice… y en el temor escondido de estar viviendo su primera salida solos.

Al llegar al cine, se despidieron de los otros padres que habían acompañado al resto del grupo y, con las entradas en la mano, ingresaron en manada.

Chicos y chicas ocuparon una fila central, justo en el medio de la sala.

Al rato se apagaron las luces.
Y todos gritaron con euforia.

Dos horas después, los chicos salieron del cine y se encaminaron hacia la pizzería que estaba doblando la esquina.

Cuando el dueño los vio llegar, buscó con la mirada al adulto responsable.

Daniel —el más pequeño en estatura, pero el mayor del grupo y con una voz que comenzaba a volverse más grave— dio un paso al frente y aclaró:

—Somos doce… ¿nos podría armar una mesa larga?

El hombre lo miró con respeto y respondió:

—¡Cómo no, caballero!

Ya en la mesa, después de pedir un par de pizzas grandes y dos botellas de gaseosa, los chicos se sentían como si de pronto hubieran crecido en tamaño y experiencias.

Se comportaban como lo hacían sus mayores en las reuniones familiares o en alguna fiesta del club.

Obviamente, el tema central de conversación fue la película.

Intercambiaban opiniones sobre los efectos especiales, la forma de la nave y sus luces que cambiaban de color con los sonidos. Pero al llegar al tema de los alienígenas, todos coincidieron en algo: el primero que apareció les había dado miedo por el suspenso del momento, aunque los que vinieron después les parecieron más bien amistosos… incluso simpáticos.

La hora pasó volando entre las pizzas y la charla.

Hasta que el padre de una de las chicas —que vivía cerca— llegó para llevarse a parte del grupo. Repartieron la cuenta entre todos y, ya en la puerta del local, se despidieron.

La noche había caído sobre la ciudad.

El grupo de Pablo —que había llegado en el auto del padre de Hernán— emprendió la vuelta a casa caminando por la calle principal, rumbo a su barrio.

El centro se veía distinto. Muchos comercios habían cerrado sus puertas, aunque mantenían iluminadas sus vidrieras. El tránsito vehicular era escaso y casi no había peatones por las veredas.

Siguieron caminando y, al llegar a la plaza principal, el reloj del edificio municipal marcó la hora.

Eran las nueve de la noche.

Pablo llamó la atención de sus amigos:

—Che… ya es la hora que me dijeron mis viejos que tenemos que estar en casa.

Los demás entendieron el mensaje enseguida.
Ellos también habían sido advertidos por sus familias.

A esa hora era peligroso andar por la calle por culpa de los “bichos verdes”.

Siguieron por la misma calle, que cambiaba de nombre al cruzar la plaza y era la única iluminada en todo su trayecto.

Primero apuraron el paso.
Después empezaron a correr los cuatro juntos, sin perderse de vista.

La calle estaba enmarcada por casas bajas, con los frentes iluminados por los faroles municipales. Puertas y ventanas cerradas. Y veredas habitadas a esa hora solamente por árboles añosos.

Los chicos avanzaban raudamente, con la respiración agitada y el pulso golpeando fuerte.

Cuando estaban por llegar a la esquina del club del barrio —a unas diez cuadras de la plaza, calcularían después— debían girar una cuadra a la izquierda para llegar al resguardo de la casa de Pablo.

De pronto, uno de ellos miró hacia atrás.

—¡Paren! —susurró.

Y los hizo esconderse en la ochava oscura del bar, justo en diagonal al club.

Desde allí vieron venir un vehículo a toda velocidad, con luces resplandecientes… como las de la nave extraterrestre de la película.

Cuando frenó media cuadra más adelante, distinguieron un camión color verde.

Bajó primero un hombre alto y robusto, vestido completamente de verde, incluso el casco.

Gritó una orden inentendible para los oídos de los chicos.

Rápidamente descendieron una docena de hombrecitos —por su tamaño y sus caras juveniles— también vestidos de verde.

El ruido de los tacos contra el pavimento rompió el silencio de la noche.

Patearon la puerta de una casa que los chicos no alcanzaban a ver desde la esquina.

Segundos después apareció una pareja, a medio vestir, arrastrada de los brazos por algunos de los hombrecitos, mientras los demás les apuntaban con armas largas.

Los subieron violentamente al camión.

En ese momento, Pablo tironeó de la ropa de sus amigos y ordenó en voz baja, pero firme:

—¡Vamos ahora!

Corrieron los cien metros que los separaban de su casa.

Pablo abrió con agilidad la puerta de entrada y la azotó detrás del último de sus compañeros.

La respiración se les entrecortaba.

Sus rostros no estaban colorados por la corrida…
sino pálidos.

Ninguno dijo una palabra.

Afuera, en la calle, habían quedado los hombrecitos de verde.

Y también algo de su infancia.

Cincuenta años después, cuando recuerda aquella noche, todavía puede verlos correr…

tratando de llegar a casa antes de que los alcanzara el miedo.