Cuentos de café
Diego Paolinelli

“EL COMEDIDO”
  • “EL COMEDIDO”

    Ilustrado por el Negro Godoy.

En un alto de la charla cotidiana, Pablo aprovechó para preguntarle a su viejo por una frase que le había escuchado decir toda la vida.

—Che, viejo… hace unos días que me vengo preguntando de dónde sacaste eso de “no hay comedido que salga bien”.

El padre se sorprendió. Se tomó un segundo para buscar la respuesta mientras sorbía la bombilla de un mate al que ya le vendría bien un cambio de yerba. Se levantó de la silla para renovar la infusión y, sin perder de vista a su hijo, contestó:

—La verdad… la uso desde hace tanto tiempo que seguro la escuché de chico, cuando vivía en el campo con tu abuelo.

Puso la pava al fuego, esperando que el agua alcanzara su punto, y Pablo insistió:

—Pero para vos, ¿qué significa?

El viejo cebó un mate, hizo un gesto aprobatorio —la ronda podía seguir— y mientras volvía a la mesa respondió:

—No te metas donde no te llaman. Porque seguro… algo, o todo, va a terminar mal.

—O sea —aclaró Pablo—, no seas metido.

—Claro —dijo el padre—. Y tengo una anécdota que para mí es el ejemplo perfecto.

—Contá —lo alentó el muchacho.

El viejo sorbió el mate hasta hacer ese ruidito seco del final, lo apoyó sobre la mesa y arrancó:

—A principios de los setenta, en la fábrica éramos varios los choferes de materias primas. Uno de ellos era Carlitos… el Perro. ¿Te acordás?

Pablo asintió sin decir nada.

—Le decíamos el Perro porque, si lo buscabas, enseguida te mostraba los dientes. Siempre encontraba un motivo para pelearse. Pero ojo… era un tipo recontra compañero, leal como pocos. Defensor de pobres, ausentes y causas perdidas.
Además, era de esos tipos inquietos. Hoy dirían que era emprendedor. Siempre estaba buscando la manera de sumar un mango más y, quién te dice, llegar a ser su propio jefe.

Hizo una pausa corta.

—En esa época se había asociado con un amigo y compraron un colectivo de línea local. Lo manejaban a contramano del trabajo en la fábrica.

—¿No fue en ese colectivo que fuimos al balneario de San Pedro, cuando yo empezaba la primaria? —preguntó Pablo.

—Ese mismo —confirmó el padre—. Bueno… al grano.

Una mañana, en el vestuario de la fábrica, mientras nos cambiábamos para entrar a laburar, vimos llegar a Carlitos.
Algo no estaba bien.

Caminaba lento, mirando el piso, y llevaba puestos unos anteojos oscuros… a las cuatro de la madrugada. Raro. Pero a esa hora éramos todos medio zombis, así que nadie dijo nada.

Hasta que se acercó.

Cuando le vimos la cara, nos quisimos morir.
Los lentes no alcanzaban a tapar los moretones ni el labio hinchado.

Imaginate lo fuerte que fue la imagen que ninguno se animó a hacerle una broma. Ni siquiera indagar , si La Coca —su mujer, famosa por brava— lo había fajado por encontrarlo en un renuncio.

Le preguntamos qué le había pasado.

El Perro se sentó en el banco y, mientras se cambiaba, nos contó que la noche anterior, cuando terminaba su turno con el colectivo y lo llevaba al galpón, vio un tumulto en una esquina.

Dos tipos le estaban pegando a un flaco.
Carlitos creyó reconocerlo: como uno de los pibes del equipo de fútbol del club.

Frenó el colectivo.
Lo dejó en marcha, en el medio de la calle.
Y se bajó corriendo.

Cuando dijo eso, todos pensamos lo mismo: no iba a tratar de convencer a nadie hablando. Y así fue.

Llegó y empezó a repartir trompadas y empujones. Logró separar la refriega por un instante, pero enseguida los dos tipos se le vinieron encima, enfurecidos, mientras él intentaba levantar al pibe del suelo.

Y ahí se armó nuevamente.

Carlitos siguió tirando golpes como podía, pero eran más las que recibía que los que daba.

Aunque eso no fue lo peor.

Lo peor fue darse cuenta de algo en medio de la paliza.

El único que estaba recibiendo la agresión ahora…
era él.

Porque el pibe, al que había bajado a rescatar…
se había borrado.

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