El tiempo en Campana | Ver pronóstico Ver pronóstico
El tiempo
- Edición Nro. 6413 // Visitas últimas 24 hs: 19612
HOY 0:00 LA PALABRA DEL DOMINGO
El poder es para servir
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista.
  • El poder es para servir

    Rufino Giménez Fines

En este XXVII domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A, corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo, Capítulo 21, versículos del 33 al 46: “Escuchen esta otra parábola: Una vez un padre de familia plantó una viña, la cercó con una valla, construyó un lagar y levantó en ella una torre; luego la arrendó a unos labradores y se fue de viaje. 34 Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió sus criados para percibir de los labradores el fruto que le correspondía. 35 Pero los labradores, cayendo sobre los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. 36 El amo envió otros criados, en mayor número que la primera vez; pero los labradores hicieron lo mismo con ellos. 37 Por último envió a su propio hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. 38 Pero cuando los labradores vieron que se trataba del hijo del amo, se dijeron: “Este es el heredero. Matémoslo, y apoderémonos de su herencia”. 39 Y, echándole mano, lo arrojaron fuera de la viña y lo asesinaron. 40 Por tanto, cuando venga el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? 41 Contestaron a Jesús: — Son unos miserables; los hará perecer sin compasión y confiará la viña a otros labradores que le entreguen a su tiempo el fruto que le corresponda. 42 Añadió Jesús: — ¿Acaso no han leído ustedes en las Escrituras: La piedra que desecharon los constructores, se ha convertido en la piedra principal. Esto lo ha hecho el Señor, y nos resulta verdaderamente maravilloso? 43 Por eso, les digo que el reino de Dios se les quitará a ustedes y será entregado a un pueblo que produzca los frutos que corresponden al Reino. 44 [En cuanto a la piedra, el que caiga sobre ella, se estrellará, y a quien la piedra le caiga encima, lo aplastará]. 45 Cuando los jefes de los sacerdotes y los fariseos oyeron estas parábolas de Jesús, comprendieron que se refería a ellos. 46 Por eso buscaban la manera de apresarlo; pero temían a la gente, porque muchos lo consideraban profeta”.
En esta parábola, el viñador representa a Dios, dueño de Israel, mientras que los labradores representan a los dirigentes religiosos y políticos que rechazaron a los profetas y, finalmente, a Jesús, su Hijo.
La piedra que los constructores desecharon es Cristo, convertido en piedra fundamental del nuevo pueblo de Dios, abierto ya no solamente a Israel sino a todos los pueblos. Esta imagen es también una llamada de atención para nosotros: no rechazar el mensaje liberador de Dios ni encerrarnos en nuestros privilegios, porque cuando dejamos de abrirnos al otro podemos terminar transitando una suerte de muerte espiritual en vida.
Aquí aparece, además, el gran cuidado que Dios tiene de su pueblo y de cada uno de nosotros. No estamos en este mundo por casualidad, sino por expreso deseo de nuestro Creador. La fe bíblica y cristiana se apoya en esta certeza, que da sentido y dirección a nuestra vida, tanto en nuestros actos privados como en los públicos.
Recibir la vida como un don de Dios implica también una responsabilidad: agradecerla, honrarla y hacerla fructificar. Y esto no significa solamente cumplir con determinados preceptos religiosos. Tener una familia, educar a los hijos, trabajar para la comunidad, ayudar a quien lo necesita: en definitiva, abrirnos hacia los demás y colaborar con el plan de Dios.
Si entendemos la vida de esta manera, muchas cosas cobran sentido. No se trata solamente de disfrutar o conservar para nosotros aquello que hemos recibido, sino de convertirlo en una oportunidad para construir, para dejar buenos frutos y para que nuestra presencia en este mundo tenga un sentido que vaya más allá de nosotros mismos.
Por eso, creo que lo fundamental es vivir en el derecho y la justicia, colaborando en la construcción de una sociedad digna, humana y armónica, con especial atención a los más indefensos y vulnerables.
El Evangelio de hoy nos llama a tomar en serio este compromiso con la justicia y la solidaridad. Todos formamos parte de esa viña plantada por Dios; no hay cepas destinadas a valer más que otras. La salvación de Dios no es patrimonio de un pueblo, una cultura o un grupo determinado. En Cristo es universal y no admite privilegios.
El desafío consiste entonces en encarnar la fe en el amor, aceptando al otro tal como es. Ese es también el sentido misionero de nuestra Iglesia: una Iglesia abierta, que sale al encuentro y anuncia una caridad sin fronteras.
Sin embargo, el particularismo puede deformar permanentemente el rostro de una Iglesia que está llamada a ser ecuménica y peregrina, esa Iglesia “en salida” de la que tantas veces habló el papa Francisco. Por eso, no veamos tanto nuestras diferencias. Busquemos aquello que nos une y valoremos la diversidad que nos enriquece, reconociendo y aceptando con alegría todo lo que pueda integrarse desde el respeto mutuo.
En la parábola de hoy, Jesús toma la imagen de la viña utilizada por Isaías, pero introduce una variante importante: el problema ya no está en la viña, sino en los labradores que tienen la responsabilidad de cuidarla. Fueron puestos al frente para servir y terminaron comportándose como dueños.
Y aquí la parábola nos invita a un sano examen de conciencia. ¿Cuántos buenos frutos de nuestro pueblo terminan arruinados porque quienes tienen una responsabilidad no están a la altura del lugar que ocupan? Esto vale para todos: dirigentes políticos, referentes sociales y también para quienes tenemos alguna misión dentro de la Iglesia. El poder, cuando deja de ser servicio, corre siempre el riesgo de convertirse en apropiación.
Por eso, la pregunta final quizás sea sencilla: ¿qué frutos estamos dando con aquello que Dios puso en nuestras manos? Oremos para que quienes tienen responsabilidades, sean políticas, sociales o religiosas, sepan comprender que el poder no es un privilegio sino un servicio. Para que sus decisiones estén guiadas por la justicia, la solidaridad y el bien común, y para que nunca olviden que aquello que tienen entre manos les fue confiado. 
Y oremos también por nosotros, para que sepamos reconocer nuestras propias responsabilidades y dar, allí donde nos toca estar, los frutos que Dios espera de nosotros.