La eficiencia es el acto de ejecutar, que no radica en la contemplación o el deseo; la eficiencia es, esencialmente, soñar con un objetivo, planificarlo y sin cuestionar las capacidades propias, hacerlo posible. El aprendizaje verdadero, como el dominio de cualquier disciplina, sucede en el campo del juego, no en la teoría… Así como la única forma de avanzar por un camino es dando el primer paso la eficiencia se construye mediante la repetición y la prueba y error en el mundo real.
Eficiencia es llevar la teoría a la práctica. Es eliminar la debilidad, el temor y el desaliento. Es estar alerta, con presencia de ánimo y listo para adaptarse a lo inesperado
La verdadera eficiencia está en la acción deliberada y no habita en el deseo, la duda y la contemplación; es puramente ejecutiva siendo la determinación de hacer las cosas aquí y ahora.
Ser eficiente hace que entendamos que el dominio de cualquier habilidad se adquiere a través de la práctica directa. No se puede asimilar el equilibrio leyendo sobre él, solo se logra cayendo y levantándose; el concepto y teoría de marchar no sustituye al acto de caminar… Ser eficiente implica sacrificar, a veces, los sentimientos personales por el deseo de triunfar. Es, a partir de la práctica, el propósito y la paciencia, tener mano de hierro en un guante de terciopelo.
En el mundo del asado, la eficiencia es la capacidad del asador para canalizar su experiencia, hábitos, gustos y pasiones en la parrilla. Para lograrlo, debe involucrar cuerpo, corazón y educación; elementos sin los cuales el aprendizaje y la concentración flaquearán, nublando su visión y su sentido común.
Un buen asador refina el método de cocción y acumula la experiencia necesaria para optimizar los resultados futuros. La productividad personal y profesional no se planifica eternamente; cada acción que él ejecuta, por pequeña que sea, disipa la incertidumbre y lo lleva por el camino hacia la eficiencia, lo que exige transformar sus intenciones en movimiento.
Un asador llega a ser eficiente cuando consigue plasmar todo lo bueno que tiene como persona en cada detalle de su servicio. Su buen manejo del fuego, los tiempos y los cortes, hacen de su maestría técnica alcanzando su máximo potencial cuando ella se combina con su calidad como persona. La disciplina en la estaca o en la parrilla, su honestidad en la selección de los ingredientes y la pasión por agasajar a los demás son los verdaderos elementos que lo transforman en un verdadero maestro del asado.