Salgo a la calle en hora muy temprana. Con la cabeza baja, preocupada, pensando en el trajín del día de trabajo. De pronto reflexiono, así, en un segundo. Levanto mi mirada al cielo. Comienzan a aparecer los primeros rayos de sol en este frio invierno. Mis oídos escuchan el canto de los pájaros que ya comienza a perderse con el bullicio de vehículos, el ruido de los trenes en la vieja estación y el de las fábricas, donde los obreros también inician su jornada laboral. Respiro profundo agradeciendo una nueva oportunidad de disfrutar de estos detalles que el buen Dios nos regala y que la mayoría de las veces nos pasan inadvertidos, metidos como estamos en los vaivenes de nuestro propio mundo. Compruebo una vez más, que tan solo un cambio en la perspectiva de la vida cotidiana puede mejorar el ánimo con que se encaran las sorpresas que nos depara el día. Y con la cabeza en alto y el corazón rebosante de paz me digo a mi misma “¡Vamos! … ¡Arriba ese espíritu! … que lo mejor… lo mejor… está por venir”.