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HOY 1:50 ARGENTINOS SOBERBIOS Y ARROGANTES
NO VAMOS A AGACHAR LA CABEZA
Analisis de la Argentinidad, causas y consecuencias de una especie polémica.
  • NO VAMOS A AGACHAR LA CABEZA

    De qué está hecho un argentino?

Cada vez que Argentina gana aparece la misma canción: son soberbios, se creen el centro del mundo, qué arrogantes los argentinos. Lo curioso es que nunca nos lo dicen cuando perdemos, nos lo dicen cuando demostramos de lo que somos capaces. Y quizás haya una razón, porque el argentino no aprendió a agachar la cabeza. Nos educaron para discutirle al poderoso, no para rendirle pleitesía, porque acá el respeto nunca fue obediencia. Nunca nos salió demasiado bien eso de aceptar que alguien vale más por el cargo que ocupa, la bandera que lleva o el dinero que tiene.

Por eso, cuando alguien intenta ubicarnos en un escalón inferior, nuestra respuesta suele ser la misma desde hace generaciones: "a mí ¿qué carajo me importa?". No es una frase de soberbia, es una declaración de igualdad, es la certeza de que nadie nació para mirar al otro desde abajo. Porque un país que nació enfrentando imperios, difícilmente aprende a vivir de rodillas.

Cuando José de San Martín cruzó los Andes no fue a conquistar pueblos, fue a liberarlos, con un ejército improvisado, mal equipado y enfrentando a una de las mayores potencias militares de la época. La libertad de millones empezó con un argentino que decidió que ningún imperio era demasiado grande. Y sin embargo, muchas veces pareciera que esa historia quedó en el olvido, pero Argentina nunca dejó de dar. Mientras algunos escriben insultos, los escriben con una birome inventada por un argentino; mientras miles vuelven a abrazar a sus hijos después de una operación cardíaca, lo hacen gracias al bypass coronario desarrollado por el mismísimo Favaloro. Qué paradoja: nos critican con inventos argentinos, se salvan con descubrimientos argentinos, y aun así nos preguntan de dónde sale nuestro orgullo.

Sale de una historia que nunca pidió permiso, porque el argentino no espera que le abran la puerta, va y la empuja. Y no porque se crea superior, porque aprendió que nadie le va a regalar un lugar. Y por eso, donde vaya, hay un argentino intentando llegar lejos: en un laboratorio, una cocina, una universidad, un hospital, un escenario, una cancha, una empresa... en cualquier rincón del planeta. Y no porque crea que merece más, sino porque sabe que puede hacerlo. Y cuando otro argentino triunfa, lo sentimos un poco nuestro, porque entendemos que cada uno lleva un pedacito de la bandera a donde vaya.

Dicen que somos fríos, pero ojalá si algún día te toca irte, el primero que encuentres sea un argentino, porque probablemente te invite un mate, te pregunte "¿qué necesitás?", te haga un lugar en la mesa aunque apenas tenga para él. Porque esa también es Argentina. Llegaron españoles, italianos, sirios, libaneses, paraguayos, peruanos, uruguayos, chilenos y tantos otros buscando una oportunidad, y Argentina hizo lo que casi siempre hizo: los recibió. Porque esta tierra nunca preguntó de dónde venías, preguntó qué soñabas, y si respetabas esta casa, la casa también era tuya. Argentina no tiene un solo color: Argentina es blanca, negra, mestiza, indígena, afrodescendiente, europea, latinoamericana y, sobre todo, es celeste y blanca.

Nuestra historia nunca fue perfecta, ninguna nación lo es, pero tampoco aceptamos que nos escriban una historia que no es la nuestra. El argentino te discute todo, hasta entre nosotros, pero cuando alguien de afuera pretende decirnos quiénes somos, ahí aparece su orgullo, que tanto confunden con arrogancia y que a tantos les molesta.

Dicen que nuestra hinchada canta demasiado fuerte, y claro que sí, porque entendimos que alentar es una forma de amar, que acompañar al que representa nuestros colores es también defender una parte de nosotros. Por eso llenamos estadios, convertimos cualquier rincón del mundo en un pedazo de Argentina. Por eso tantos artistas vuelven y por eso tantos turistas llegan con prejuicios y se van enamorados: descubrieron que detrás del ruido hay abrazo, detrás del carácter hay lealtad, y detrás de la pasión hay hospitalidad.

Detrás del orgullo hay una historia, una historia de gente que conoció el hambre, la crisis, las caídas, la incertidumbre... y tal vez por eso el argentino siempre quiere comerse el mundo. Sabemos lo que es no tener nada, y cuando conseguimos algo, lo defendemos. No nos creemos mejor que nadie, pero tampoco aceptamos ser menos que nadie, esa es la diferencia. Y si te molesta, lo sentimos, pero no vamos a pedir perdón por levantar la cabeza. No vamos a disculparnos por amar nuestra bandera, no vamos a avergonzarnos de quiénes fuimos, de quiénes somos, ni de quiénes queremos ser.

Porque si después de liberar pueblos, salvar vidas, crear herramientas que usa el mundo entero, de abrir puertas a millones, de seguir levantándonos una y otra vez todavía nos llaman arrogantes... entonces quizás nunca entendieron de qué está hecho un argentino. No está hecho de soberbia, está hecho de dignidad, y la dignidad jamás agacha la cabeza.


Autora: Micaela.