En este IV Domingo de Pascua corresponde la lectura del Evangelio de San Juan, Capítulo 10, versículos del 1 al 10: “Les aseguro que quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino por cualquier otra parte, es un ladrón y un salteador. 2 El pastor de las ovejas entra por la puerta. 3 A este, el guarda le abre la puerta y las ovejas reconocen su voz; él las llama por su propio nombre y las hace salir fuera del aprisco. 4 Cuando ya han salido todas, camina delante de ellas y las ovejas siguen sus pasos, pues lo reconocen por la voz. 5 En cambio, nunca siguen a un extraño, sino que huyen de él, porque su voz les resulta desconocida. 6 Jesús les puso este ejemplo, pero ellos no comprendieron su significado. 7 Entonces Jesús les dijo: — Les aseguro que yo soy la puerta del aprisco. 8 Todos los que se presentaron antes de mí eran ladrones y salteadores. Por eso, las ovejas no les hicieron ningún caso. 9 Yo soy la puerta verdadera. Todo el que entre en el aprisco por esta puerta, estará a salvo; entrará y saldrá libremente y siempre encontrará su pasto. 10 El ladrón sólo viene para robar, matar y destruir. Yo he venido para que todos tengan vida, y la tengan abundante”.
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Este domingo nuestra Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones; y la Palabra nos remite a la imagen del buen pastor y las ovejas, que expresan la relación viva entre Cristo y su pueblo.
Las ovejas escuchan, que no es lo mismo que solamente oír. El credo de Israel comienza con la expresión Shemá Israel: “Escucha, Israel”, una de las oraciones centrales del judaísmo. Escuchar es oír y adherir a la voz que nos habla; es reconocerla y seguirla. Escuchar es conocer al pastor como experiencia vital, saber quién es desde la amistad y el amor fraterno.
Las ovejas conocen al pastor no “de oídas”, como dice Libro de Job, sino por experiencia. “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen”, dice Jesús y revela la relación entre escucha, conocimiento mutuo y seguimiento.
Seguir es, de alguna manera, configurarse con quien se sigue: aprender de Él y descansar en su palabra. Es asimilar su modo de ser desde nuestra propia identidad y personalidad.
“Yo he venido para que todos tengan vida, y la tengan en abundancia”, dice Jesús. Él nos da vida y nos sostiene, en la certeza de que el Padre y Él son uno. Finalmente, pensemos también en la cruz pectoral que usaba el Papa Francisco. Representa a Jesús como el Buen Pastor: con la oveja sobre los hombros, evocando la misericordia, la cercanía y el rescate.
Hoy reflexionamos también en las vocaciones, pedimos por ellas. Pero, ¿Estamos dispuestos a que un hijo o una hija se consagre al Señor? Si soy joven, ¿qué le diré a mi Pastor cuando llame? ¿Pondré una excusa como Jeremías: “Soy demasiado joven”; o como Moisés: “No sé hablar”; o como Jonás: “No quiero ir”?
En todo caso, sepamos que nunca estaremos solos: pertenecemos al pueblo de Dios, que es la Iglesia, en una relación viva y personal con Jesucristo, nuestro Señor, guía, maestro y pastor. Sepamos que nuestra fe no consiste solo en el cumplimiento exterior de normas; se trata de una relación sincera y amorosa, vivida en libertad y fidelidad.
Sucede que en la vida pastoral podemos caer, a veces, en una lógica más administrativa que evangélica. Por eso, el llamado es permanente: volver a vivir al ritmo del rebaño, buscar a las ovejas, especialmente a las que están perdidas, como nos enseña Jesús.
En el Evangelio se nos presentan dos imágenes profundamente unidas: la del pastor y la de la puerta del aprisco. Como pastor, Jesús nos conoce, nos reúne y nos guía; como puerta, es el acceso al Padre, es quien nos abre el camino de la salvación y la paz interior.
Recemos y pidamos entonces por las vocaciones sacerdotales y religiosas para la Iglesia. Aníbal Di Francia, fundador de la Orden Rogacionista, señalaba con claridad un camino siempre actual: pedir al Señor que suscite numerosos y santos obreros para su mies.