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El ausente, siempee presente
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista
  • El ausente, siempee presente

    Rufino Giménez Fines

En este III Domingo de Pascua corresponde la lectura del Evangelio de San Lucas, Capítulo 24, versículos del 13 al 35: “Ese mismo día, dos de los discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús, distante unos once kilómetros de Jerusalén. 14 Mientras iban hablando de los recientes acontecimientos, 15 conversando y discutiendo entre ellos, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar a su lado. 16 Pero tenían los ojos tan ofuscados que no lo reconocieron. 17 Entonces Jesús les preguntó: —¿Qué es eso que discuten mientras van de camino? Se detuvieron con el semblante ensombrecido, 18 y uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: —Seguramente tú eres el único en toda Jerusalén que no se ha enterado de lo que ha pasado allí estos días. 19 Él preguntó: — ¿Pues qué ha pasado? Le dijeron: —Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y palabras delante de Dios y de todo el pueblo. 20 Los jefes de nuestros sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. 21 Nosotros teníamos la esperanza de que él iba a ser el libertador de Israel, pero ya han pasado tres días desde que sucedió todo esto. 22 Verdad es que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro 23 y, al no encontrar su cuerpo, volvieron diciendo que también se les habían aparecido unos ángeles y les habían dicho que él está vivo. 24 Algunos de los nuestros acudieron después al sepulcro y lo encontraron todo tal y como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron. 25 Jesús, entonces, les dijo: —¡Qué lentos son ustedes para comprender y cuánto les cuesta creer lo dicho por los profetas! 26 ¿No tenía que sufrir el Mesías todo esto antes de ser glorificado? 27 Y, empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó cada uno de los pasajes de las Escrituras que se referían a él mismo. 28 Cuando llegaron a la aldea adonde se dirigían, Jesús hizo ademán de seguir adelante. 29 Pero ellos le dijeron, insistiendo mucho: —Quédate con nosotros, porque atardece ya y la noche se echa encima. Él entró y se quedó con ellos. 30 Luego, cuando se sentaron juntos a la mesa, Jesús tomó el pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo dio. 31 En aquel momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista. 32 Entonces se dijeron el uno al otro: —¿No nos ardía ya el corazón cuando conversábamos con él por el camino y nos explicaba las Escrituras? 33 En el mismo instante emprendieron el camino de regreso a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a todos los demás, 34 que les dijeron: —Es cierto que el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón. 35 Ellos, por su parte, contaron también lo que les había sucedido en el camino y cómo habían reconocido a Jesús cuando partía el pan”. 
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Jesús ha resucitado y está en medio de nosotros, nos convoca como comunidad. Nos habla en su palabra y se sienta a la mesa para compartir con nosotros el pan de vida. Él permanece siempre con su Iglesia y renueva nuestra fe y esperanza.
Sin embargo, como a los discípulos de Emaús, no siempre sabemos reconocerlo. Los discípulos conocían las Escrituras. Las habían escuchado y meditado a lo largo de toda su vida, pero les faltaba una clave para interpretarlas de manera cabal, y esa clave se las da el mismo Jesús: les explicó lo que en las Escrituras se refería a Él, revelando su sentido pleno.
La vida, la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús nos dan la clave para leer toda la Biblia: en Él se iluminan y encuentran unidad todas las Escrituras. En el Antiguo Testamento, Dios se revela como el Señor que quiere para nosotros la vida y la salvación, promesa que alcanza su plenitud en Cristo. Por eso, en medio de nuestras tristezas y desconciertos, las Escrituras son un fuego que nos hace arder el corazón.
En el evangelio de hoy, la aparición del Resucitado a los discípulos de Emaús es una de las manifestaciones que la liturgia nos propone antes de Pentecostés. De los dos discípulos se conoce el nombre de uno solo: Cleofás. Y el otro, un desconocido, bien podría ser uno de nosotros que está leyendo estas reflexiones aquí y ahora… 
Hablo de uno de nosotros quien también transita la experiencia de descubrir cómo se abren los ojos escuchando la Palabra de Dios, siendo testigos, discípulos y misioneros, como aquellos dos de Emaús.
Pensemos en aquellos dos hombres que, en el sendero de la vida, han experimentado una amarga derrota: están tristes por la suerte de su amigo y maestro Jesús, y ese camino de salida de Jerusalén los lleva a un destino incierto. Es un camino sin esperanza, de derrota. Un camino donde todo se vuelve oscuro, marcado por la inquietud y la ansiedad; un camino que termina en el aislamiento y el abandono de los demás. ¿Se puede vivir así la vida?
San Lucas describe maravillosamente la situación de las personas que van en busca de sentido, perdidas por los Emaús del mundo. La extraordinaria encarnación y presencia del Señor resucitado, aún incomprensible para quien está perdido y desorientado, es un camino de regreso: de conversión, de esperanza y de reencuentro en el diálogo, la comunidad, la Iglesia, la familia.
Sin ser reconocido, pero verdaderamente presente, Jesús, quien siempre tiene la iniciativa y se puso a caminar a la par de Cleofás y el otro discípulo, los escucha a partir de lo que viven y luego les explica el sentido de la realidad desde las Escrituras; se sienta a la mesa con ellos y, al partir el pan y pronunciar la bendición, realiza los gestos que lo identifican. Les abre los ojos del corazón a la fe y des-aparece (pero no se va) una vez que lo han reconocido. Así, ellos vuelven a su condición de discípulos creyentes, se convierten en misioneros y evangelizadores, y comparten la fe con el resto de la comunidad reunida.
Jesús es el ausente siempre presente, que se pone a nuestro lado y nos acompaña en el camino de la fe, la vida y el amor. Como a los discípulos de Emaús, también a nosotros se nos da en la Palabra y en el Pan; y aunque no lo retengamos, nos deja el corazón ardiente y nos envía.
Por eso pidamos: “Quédate con nosotros, Señor”.