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20:46 El cuento de café de Diego Paolinelli
“PROMESAS DE PAGO”
Pablo pedalea sobre su bicicleta azul en una tarde otoñal que lo baña de un cálido sol. No lo hace por deporte: está yendo a cobrar un servicio de su nuevo emprendimiento.
  • “PROMESAS DE PAGO”

Va relajado; hasta se podría decir contento. No feliz, solo contento, como se definiría en una charla con amigos. Aunque la felicidad era algo que buscaba y deseaba, la veía como una utopía. Más adelante comprendería que la felicidad es un estado, una decisión, y que se disfruta en el trayecto, no en la meta.

La bici azul era su primer vehículo luego de rearmarse del último fracaso profesional: una sociedad con un par de tipos a los que apenas conocía. La invitación a sumarse a su proyecto comercial le llegó en un momento de cambios en su vida, y quiso romper con su molde de tipo extremadamente analizador. Por eso lo hizo casi sin pensarlo.

Por lo menos no se quedó con la duda, se decía, como para atemperar la experiencia.

Pero de esa etapa —que había abandonado poco más de un año atrás— aún le quedaba un capítulo más para cerrarla definitivamente.

Mientras continuaba pedaleando, y a solo un par de cuadras de llegar a destino, sintió vibrar en el bolsillo de su jean y sonar ahogadamente el Motorola 1100. Detuvo su andar, apoyó el pie izquierdo sobre el cordón y sacó el teléfono. En el display apareció un número que no tenía agendado, pero que recordaba claramente.

Era uno de sus viejos socios.

Tomó aire, infló el pecho y, tras apretar el botón verde, respondió con un seco:

—¿Sí?

Del otro lado, una voz que reconoció perfectamente —aunque no se veían desde que dejó el negocio— dijo:

—Adrián te habla… (hizo una pausa). Juan Francisco nos hizo una demanda por lo que se adeuda del alquiler del local. Con los intereses se fue a un total de $30.000. Le preguntamos si podíamos arreglar para no ir a juicio.

—¿Y qué les dijo? —apuró Pablo.

—Que con el único que iba a hablar para un arreglo… es con vos.

Pablo esbozó una pequeña sonrisa. Cuando pegó el portazo, sus ex socios lo habían “matado” —metafóricamente—, pero ahora necesitaban su intervención para resolver algo que los dejaba expuestos. Meses después de su salida, habían cerrado el negocio y abandonado el local entre gallos y medianoche, dejando una deuda aún mayor. Como los tres figuraban en el contrato, ese incremento les tocaba a los tres equitativamente.

—Dale, yo me encargo y te aviso.

Cortó sin despedirse, para no dar lugar a una charla que no deseaba tener.

Inmediatamente, se le vino a la mente la conversación con su padre. Sin reproches, le había insistido en que diera por perdida la inversión. Que no perdiera más tiempo. Que por más ganas que le pusiera no iba a revertir ni la situación del negocio ni la relación con sus socios. Y eso lo iba a terminar enfermando.

También recordó las veces que fue hasta la casa de Juan Francisco, el dueño del local, para explicarle que había decidido dejar el negocio. En cada visita sacó de su mochila un sobre con su parte de la deuda: sus únicos ahorros. Pero el hombre, muy calmo, le decía:

—No te lo puedo aceptar, Pablo. Estos siguen trabajando y no pagan el alquiler.

La escena se repitió un par de veces más. Hasta que en una de esas visitas se sumó la esposa del dueño, quien al ver al muchacho tratando de cumplir con su parte le dijo a su marido:

—¡Juan, agarrá el pago del muchacho!

—No puedo. Esto va a terminar en un juicio por desalojo y, como él figura en el contrato, los otros van a querer que pague su parte ahí también. Por eso no puedo tomarte el pago.

Luego se giró hacia Pablo y agregó:

—Andá. Pero ya no vuelvas. Cuando pase lo que tenga que pasar… yo voy a tener en cuenta tu actitud.

Con esas palabras en mente, Pablo buscó el número de Juan Francisco y lo llamó para cerrar el tema cuanto antes. La charla fue breve y cordial.

—Bueno, Pablito. Si vienen con toda la plata junta les hago un 10% de descuento, por vos. Quedarían $27.000.

Se despidieron.

Pablo hizo cuentas: $9.000 por cabeza. Casi el doble de su deuda original, la que nunca le habían aceptado cobrar. Suspiró largo y negó con la cabeza.

Al día siguiente llamó a Adrián y le dio la noticia.

—Bueno… si no pudiste sacarle más… entonces traeme tu parte y nosotros nos encargamos.

Pablo sintió un ardor en la cara.

—¿Vos te pensás que yo te voy a dar la plata a vos? —respondió, con una risa seca—. Vos traé la tuya y la de tú amiguito. Yo voy a estar presente con la mía cuando se haga el pago. Nos citó el viernes en la oficina del Banco Nación, a las 15. Así se firma todo y cada cual por su lado. Chau.

El viernes llegó puntual al banco. Sus ex socios no se presentaron; enviaron a un abogado como apoderado. Juan Francisco llegó acompañado por el suyo.

El trámite fue rápido. El representante sacó dos fajos de $9.000 del maletín. Pablo extrajo su sobre de papel madera. El abogado del locador contó cada fajo, confirmó el monto y distribuyó las copias para firmar. Entregó una sellada a cada parte y dio por terminada la reunión: la oficina había sido prestada por un lapso breve.

Se saludaron. Cuando estaban saliendo, Juan Francisco le indicó a su abogado que lo esperara en las cajas, que ya lo alcanzaba para depositar el dinero. Luego invitó a Pablo a quedarse un minuto más.

Volvieron a entrar. Juan lo hizo sentar. Sin decir nada, abrió el sobre que había llevado Pablo, contó los billetes y, cuando llegó a $5.000 —la deuda original del muchacho— apartó el resto y lo empujó hacia él.

—Tomá, Pablito. Esto está de más. Porque vos siempre tuviste la intención de pagar… y los otros ni siquiera vinieron a dar la cara hoy.

Pablo sonrió y agradeció con la cabeza. Se estrecharon la mano con afecto y cada uno siguió su camino.

Al salir a la calle, el tibio sol de abril le iluminó la cara. Recordó la canción “Zona de Promesas” de Gustavo Cerati. Y esa parte que dice: “Y al final… al final… hay recompensa”.

Mientras volvía a su casa, la fue tarareando en voz baja.


Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)
Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)