Cuentos de café
por Diego Paolinelli

"Mesa de examen"
  • "Mesa de examen"

    Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)

El condenado

Fernando se hizo cargo de la primera historia, una que lo tenía a él como protagonista.

—El segundo año de secundaria arrancó complicado —dijo—. Áspero, diría yo.

Ya en el primer trimestre fue una carnicería, en lo físico y en las notas. En lo físico porque, después de la sangría de primer año —con los caídos que cambiaban de escuela por no haber cumplido con las materias—, fusionaron el curso A y el curso B en un solo segundo año de casi treinta alumnos. Para una escuela chica como la nuestra, eso era pólvora pura.

Los picados de fútbol después de Educación Física eran durísimos: raspados, choques fuertes y faltas para tarjeta roja directa.

Así fue que en mayo, cuando estaban por entregarnos el boletín del primer trimestre, el Mono Salgado, Alex Mariani y yo estábamos los tres enyesados.

El Mono se había luxado la muñeca. Alex tenía un esguince de tobillo. Y a mí, Peter, en un cruce violento, me rompió tibia y peroné.

Pero eso no fue lo peor.

Lo peor fue la profesora de Castellano —hoy Prácticas del Lenguaje—, que no era precisamente famosa por su simpatía. Un día me preguntó si me faltaba mucho para sacarme ese yeso enorme y las muletas.

Todavía la recuerdo parada en la puerta del aula, al lado de la escalera empinada.

(Cabe aclarar que los salones estaban todos en el primer piso, y mis compañeros tenían que alzarme entre dos o tres para subir.)

Yo, entusiasmado, interpreté la pregunta como una preocupación genuina. Hasta me animé a pensar que era una muestra de cariño. Con una sonrisa agradecida le dije que el médico me había dado cuarenta y cinco días y que ya llevaba quince. Así que, calculé, me quedaba un mes más.

Entonces ella, con una sonrisa casi diabólica, respondió:

—¡Qué bueno! Así que en diciembre, cuando venga a rendir mi materia, no va a necesitar que sus compañeros lo suban en andas…

Ahí mismo vi el aplazo en rojo, al lado de mi apellido, en su libreta.
Ya estaba condenado a examen.


No cantes victoria

Cuando terminaron de reírse, Fermín recordó una historia de su grupo de estudio.

—Cuando yo estaba en tercero lo pasaron a nuestro curso al Bocha.

No hizo falta aclarar quién era. Todos lo conocían.

—Si hay algo que el Bocha nunca tuvo es complejo de inferioridad. Imagínenselo a los quince años. Pasó de un curso avanzado a caer con nosotros, que éramos una horda de vagos y repetidores. Al lado nuestro, él era un Fórmula 1 y nosotros andábamos en karting a pedal.

Encima, ese año todas las materias eran técnicas. Y ahí nos sacaba un campo de ventaja. En Tecnología, directamente, volaba.

Ese mismo año llegó un profesor nuevo, con fama de bravo y exigente. Pero al Bocha eso no lo intimidó: metió un diez en cada examen trimestral.

Fermín aclaró:

—Este profe calificaba solo con la nota del examen de fin de trimestre. Antes del tercero, el Bocha era el único que no se llevaba la materia. Los demás, salvo algún iluso esperando un milagro, estábamos todos para diciembre.

Ahí el Bocha se agrandó.

Empezó con un discurso sobre que no nos tomábamos nada en serio, que éramos unos vagos. Dijo que él sí se había comprometido, que por eso tenía las notas que tenía y que no había ninguna chance de que se llevara la materia.

Es más, se envalentonó y tiró:

—Hasta entregando la hoja en blanco apruebo igual.

(Existía una regla no escrita en la escuela: si te presentabas al examen y firmabas la hoja, te acreditaban un punto.)

Ahí Daniel La Salle, que tenía tres años más por haber repetido varias veces, le dijo delante de todos:

—Bueno, Bocha… ya que estás tan seguro, ¿por qué no entregás la hoja en blanco? ¿O no te da?

El Bocha se dio cuenta de que se había ido de boca. Pero sacó cuentas rápido: diez del primer trimestre, diez del segundo y uno del tercero sumaban veintiuno. Dividido por tres, promedio siete. Aprobado.

Lo que no sabía era que el joven profesor había escuchado todo desde el pasillo.

Cuando terminó el examen y entregó la hoja en blanco, el profesor lo tomó como una falta de respeto y lo calificó con un cero.

Así que el Bocha rindió en diciembre, con el resto del grupo.


A mí me dio así!!!

Pablo no quiso ser menos y recordó una del Cabezón Fernando.

El Cabezón no había estudiado con ellos. Iba al Nacional y decir que estudiaba, en su caso, era una exageración. Era el menor de tres hermanos y tenía un padre muy grande.

Su paso por la secundaria fue apenas un trámite para cumplirle un deseo al viejo: terminar el colegio, traerle el título y después hacer con su vida lo que quisiera.

Año tras año se fue llevando materias a examen. No por falta de talento —cuando rendía en diciembre o en marzo aprobaba sin problemas—, sino por una desidia constante, casi metódica.

En el último año su interés era todavía menor. De casualidad llevaba una carpeta con un par de hojas y una lapicera en el bolsillo del guardapolvo. Como los profesores ya lo conocían y sabían que era un vago bueno, muchos convinieron aprobarlo: era su último año y no pensaba seguir estudiando.

El problema fue una previa de Matemática de cuarto. Y la profesora no era de las fáciles. Para recibir el diploma no podía tener materias pendientes de años anteriores.

Fiel a su estilo, el Cabezón no estudió: buscó cómo zafar.

En la pizarra de comunicaciones vio que en la mesa de examen había un profesor nuevo. El comentario en los baños era claro: te vendía el resultado.

Con unos pesos juntados en changas, lo esperó a la salida del colegio y le propuso el negocio.

Días después se encontraron. El docente —no tan decente— le entregó la hoja con los problemas y el desarrollo completo. Antes de irse le advirtió:

—Estudiá los desarrollos. No te garantizo nada. Y desde ahora… vos y yo no nos conocemos.

El Cabezón salió convencido.

—Me hago un machete enorme y listo.

El día del examen se sentó en el medio del aula. A la profesora le llamó la atención que para Matemática no llevara lápiz ni goma, solo un bolígrafo azul.

A los pocos minutos, se levantó, llevó la hoja al escritorio de la mesa examinadora, la apoyó con total seguridad y volvió a su banco.

Mientras los otros alumnos seguían escribiendo, la profesora empezó a corregir el examen de Fernando.

El Cabezón cuenta que la vio abrir los ojos grandes y pensó:

—La maté.

Pero segundos después, ella separó la hoja y preguntó:

—Fernando… ¿usted está seguro de estos resultados?

Ahí notó que el profesor que le había vendido el examen, no estaba en la mesa examinadora.

Puso cara de póker y respondió:

—A mí… me dio así.

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