Mirta llegó al restaurante con el rostro apesadumbrado.
Si algo tenía ella, era que su mirada no mentía jamás: o se iluminaba de felicidad, o se inundaba de tristeza.
Por eso, ante la pregunta de sus compañeros de tareas —
—Mirta, ¿te sentís bien?—
le brotaron lágrimas enormes de sus pequeños ojos marrones. Se los secó como pudo, se limpió la nariz con un pañuelo y, con la voz entrecortada, dijo:
—No sé qué va a ser de Uriel sin Arturo. Mi hija acaba de llamarme… le quedan pocos días de vida.
Volvió a llorar, esta vez ahogando el sollozo con la mano sobre la boca. Roxana dejó el mate sobre la mesada y abrazó sin decir una palabra a su minúscula compañera de cocina.
Pablo, que había pasado de visita antes de la apertura para tomar unos mates, no entendía del todo la situación. Esperó el momento oportuno para integrarse al tema.
Cuando Mirta logró calmarse y comenzó a alistar su sector de trabajo, el muchacho se hizo cargo del mate y le preguntó con cuidado. El resto del equipo también empezó con la preparación de la jornada.
—Pablito —comenzó Mirta—, Uriel es el hijo de mi única hija. Tiene dieciséis años.
La llegada de mi nieto fue muy difícil. Tanto el embarazo como el parto fueron complicados. Por suerte él nació sanito, pero su madre la pasó muy mal y, por recomendación médica, debía evitar quedar embarazada nuevamente. Otro parto podría ser fatal.
Hizo una pausa breve, como ordenando recuerdos.
—Con eso en mente, el papá de Uriel fue claro: no iba a arriesgar la salud de su compañera, por más ganas que tuvieran de darle un hermanito. Iba a ser hijo único.
Cuando Uriel estaba por cumplir un año, en una reunión con matrimonios amigos, mi hija confesó algo que llevaba guardado: ella había crecido sin hermanos y no quería lo mismo para su hijo. Fue ahí cuando una amiga, que trabajaba en una institución local, les contó que habían dejado un recién nacido y buscaban una familia de tránsito hasta encontrarle un hogar definitivo.
Los padres de Uriel fueron muy claros. Si no se aceptaban desde el primer momento, Arturo tendría que buscar otra familia.
No hizo falta.
Fue amor a primera vista. Se vieron y no se separaron nunca más.
Durante los primeros años compartieron todo: juegos, comidas, silencios. Se sentaban juntos a la mesa y también frente al televisor, como si el mundo siempre necesitara de los dos.
Cuando Uriel empezó la escuela, Arturo no se despegaba de la puerta de la casa. Esperaba pacientemente el regreso de su hermano y la alegría del reencuentro era descomunal. Abrazos, risas, juegos… y después, Uriel le explicaba lo que había aprendido ese día en clases, mientras Arturo se sentaba en el piso y escuchaba atento.
Tanto le gustaba enseñar, que pidió a sus padres un pequeño pizarrón para mostrarle todo lo que sabía.
Con el tiempo, Uriel entendió que su hermano era diferente.
No hablaba como él.
No corría como él.
No podía salir a la calle a jugar con los demás chicos.
Nada de eso cambió lo esencial.
Siguieron compartiendo la habitación. Cuando Uriel hacía la tarea, Arturo se acomodaba cerca y lo miraba con admiración. Al terminar, siempre había un abrazo y, muchas veces, una merienda improvisada para los dos.
Cuando Uriel fue elegido titular en el equipo de fútbol del club del barrio, no dudó en agradecer cada pase, cada control de pelota, a los juegos compartidos con Arturo en el patio de su casa.
Desde entonces, después de cada partido, el primero en recibirlo era él. Ganara o perdiera, Arturo lo esperaba con la misma alegría. Y eso, siempre, le cambiaba el humor.
Llegó la secundaria y, a pesar de las nuevas responsabilidades, Uriel nunca dejó de hacerle un lugar a su hermano. Incluso cuando tenía que hacer trabajos en grupo, proponía su casa como punto de encuentro. Así fue como sus nuevos compañeros entendieron el vínculo entre esos hermanos de distintos padres y lo incorporaron como uno más.
Hasta que, hace poco, la salud y el ánimo de Arturo comenzaron a desmejorar.
La familia lo llevó a la clínica.
La vuelta a casa fue silenciosa.
El profesional fue sincero. El diagnóstico no dejaba lugar a dudas: a Arturo le quedaba poco tiempo.
Pablo, que había permanecido en silencio durante todo el relato, con un nudo en la garganta, preguntó casi en un susurro:
—¿Por su edad…? Pero si es solo un año menor que Uriel. Y Uriel tiene dieciséis.
Mirta ensayó una sonrisa. Miró al muchacho directamente a los ojos, humedecidos y brillosos.
—Sí, Pablito… lo que pasa es que Arturo, el hermano y compañero de vida de Uriel… es un perro.
(dedicado a la memoria de Mirta loillet)