Cuentos de café
Diego Paolinelli

"Volver al Futuro"
Pablo y Manuela, de visita en la capital, decidieron recorrer la Feria Internacional del Libro en el predio ferial de Palermo.
Durante horas caminaron entre stands y pasillos, buscando a los escritores que más los convocaban. Al caer la tarde, resolvieron hacer una pausa y merendar en el patio de comidas al aire libre, aprovechando la tibieza de aquel mayo otoñal.

Camino al patio, se cruzaron con un stand de ciencia ficción. En el centro, brillaba un auto De Lorean, idéntico al que había sido usado en la película Volver al futuro. A su alrededor, exhibían posters, libros, revistas y figuras de acción del film, que ese año cumplía cuarenta años desde su estreno, en 1985.

Manuela, con una sonrisa pícara, aprovechó la ocasión para provocarlo:
—¡Mirá el auto que usaron como máquina del tiempo! Si pudieras volver al pasado… ¿no te gustaría corregir ese momento en el que vos me soltaste la mano?

Pablo, divertido, le respondió sin dudar:
—¡Señora! Querrá decir el momento en que usted me rompió el corazón.

Eran así. Se peleaban y se chicaneaban como cuando eran adolescentes. A pesar del paso del tiempo, cada vez que estaban juntos volvían a comportarse como dos chicos.

Se habían reencontrado hacía un par de años y, contra todos los pronósticos, lo que parecía una simple reunión de viejos amigos se transformó en un vínculo que no había sido posible treinta y tres años atrás. En aquel entonces, una discusión en un boliche nocturno, apenas iniciado el noviazgo, los había separado. Y cada uno siguió su vida, en ciudades distintas, sin imaginar que el destino, décadas después, les ofrecería una segunda oportunidad.

Treinta y tres años después, entre libros y recuerdos, el tiempo parecía dispuesto a rebobinar la historia.

Pablo se ofreció a ir por la merienda.
Mientras caminaba hacia los puestos del patio, volvió a pasar frente al stand de Volver al futuro. Estaba distraído, con la cabeza todavía en la charla con Manuela, cuando sintió que alguien lo chistaba.

Giró.
Frente a él, parado junto al DeLorean, estaba nada menos que el profesor Emmett Brown. O quizás el actor Christopher Lloyd, caracterizado como en la película.

—No te pierdas la oportunidad de viajar en el tiempo, Pablo —le dijo el hombre, con esa expresión entre genial y desbordada que recordaba de la pantalla.

Pablo parpadeó incrédulo. Se frotó los ojos.
El hombre insistió, sonriendo:

—Vamos, Pablo, aprovechá la oportunidad. No hay nadie esperando. Sos el único. Y, de paso, podés ver eso que te reclamaba Manuela.

Algo en su interior —ese niño curioso que nunca se apaga del todo— le dijo que sí.
Sin pensarlo demasiado, se acercó.
El Doc lo invitó a subir, abrió las puertas en forma de alas y le preguntó:

—¿Fecha?

Pablo no dudó. // La tenía grabada a fuego:
24 de febrero de 1988. 23:30 horas.

Los vidrios se oscurecieron, el tablero cobró vida, las luces parpadearon como un corazón eléctrico. Una vibración recorrió el auto y, en un instante, un resplandor blanco lo envolvió todo.

Cuando volvió a ver, el De Lorean estaba detenido en una calle conocida.
No era Palermo. Era la esquina del boliche donde aquella noche, hacía treinta y tres años, se habían dicho adiós.

Pablo miró a su alrededor, aturdido. El profesor, entusiasmado, lo animó a salir.
Reconoció los autos, los carteles, la música que se escapaba desde la puerta del local.
Todo era exactamente como aquella noche.

Cruzaron la calle. Nadie pareció verlos. Ni los chicos que hacían fila para entrar ni las chicas que reían con sus copas en la mano. Tal vez eran invisibles. O tal vez el tiempo, como la memoria, tiene sus propios espectadores.

Dentro del boliche, la escena seguía igual que en su recuerdo.
El Pablo de veinte años estaba en la barra, con un vaso a medio llenar.
Del otro lado, entre un grupo de amigas, Manuela, joven, brillante, viva.

El Doc y el Pablo adulto observaron a distancia.
Ella se acercó, habló, gesticuló.
Él —el muchacho— apenas si respondió.
No había enojo en los ojos de Manuela, solo decepción.
Terminó la frase que había quedado suspendida en el tiempo:
—Esto se terminó acá.

Pablo adulto apretó los puños. Quiso intervenir.
El Doc lo miró de reojo y preguntó:

—¿No pensás decirle algo a tu versión joven? Podrías evitar treinta años de espera.

Pablo respiró hondo. Lo miró y sonrió con una serenidad nueva.

—No. Esa decisión la tomamos los dos. Cada uno siguió su camino.
Y gracias a eso, hoy estamos acá.

El Doc asintió.
Un parpadeo, un rugido, una luz que estalla.

De pronto, el De Lorean volvió a estar en su lugar, en el stand del predio ferial.
Las puertas se abrieron, la vibración cesó.

Un guardia de seguridad se acercó:
—Señor, ¿qué hacía dentro de ese auto?

Pablo, aún deslumbrado, giró y señaló al costado.
—Él me invitó a subir… —dijo, buscando al profesor.

Pero ya no había nadie.
Solo un póster a tamaño real del Dr. Emmett Brown.

Sonrió.
Pidió disculpas al guardia, recogió la merienda y volvió con Manuela.

Ella lo esperó con su clásico reproche afectuoso:
—¡Pablo! ¿Por qué tardaste tanto?

Él apoyó la bandeja sobre la mesa, la tomó por los hombros y la besó, entre tierno y apasionado.

—Tardé porque tuve que ir a ver si podía corregir el pasado…como vos me pediste.

Manuela lo miró sorprendida.
—¿Y qué pasó… ahora que volviste al futuro?

Pablo le sonrió, con una serenidad nueva.
—Decidí que el pasado quede donde pertenece —dijo—,
y que a partir de este momento, que volvimos,
construyamos un futuro juntos.

FIN

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